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Ansiedad generalizada

Preocupación sin tema fijo: por qué resolver aquello que te preocupa no termina con la preocupación, cuáles son sus tres componentes, y por qué en español el rasgo viene con nombre de carácter y con permiso de familia.

Ciencia del bienestar

La ansiedad generalizada es preocupación sin tema fijo. No una cantidad llamativa de preocupación por un asunto difícil: preocupación cuyo objeto es intercambiable, de modo que el tema de hoy está de alquiler y no es el propietario.

Esa es la firma, y desde dentro cuesta verla, porque en cualquier momento concreto la preocupación es por algo específico y ese algo suele ser real. El dinero esta semana. La salud de un padre la siguiente. Una frase de un correo después. Cada una parece un motivo. La señal es lo que ocurre cuando una de ellas se resuelve: la preocupación no para, se traslada.

Por qué resolver el problema no termina con la preocupación

La respuesta razonable a la preocupación es ocuparse del asunto. Así que te ocupas, el alivio es real, dura más o menos una tarde, y luego hay otro tema sentado en la silla. Después de unas cuantas rondas, casi todo el mundo concluye una de dos cosas: que su vida tiene una cantidad anormal de problemas, o que le falta voluntad. El contenido nunca fue el problema.

Lo que se mantiene es un proceso, y el proceso tiene una función. La teoría de la evitación de Borkovec y colegas sostiene que preocuparse es en buena medida verbal —— frases y no imágenes —— y que eso no es casual: pensar con palabras en algo temido activa mucho menos el cuerpo que verlo. Preocuparse es una manera de quedarse cerca de algo que asusta sin llegar a tocarlo nunca, y de ahí que pueda durar horas sin resolver nada.

El modelo de evitación del contraste de Newman y Llera llega al mismo sitio por otro lado. Un zumbido bajo de malestar significa que nunca te pillan por sorpresa, porque lo que duele es la caída desde la calma hasta la mala noticia, y la preocupación aplana la caída. El precio de que no te pillen nunca es no estar nunca tranquilo.

Y encima hay una tercera capa. Wells encontró que las personas con ansiedad generalizada sostienen dos creencias a la vez: que preocuparse les protege, y que preocuparse es dañino e incontrolable. La segunda produce preocupación por preocuparse, que es la capa que convierte una costumbre en un cuadro, porque ahora la actividad que no puedes parar está también en la lista.

El rasgo que hay debajo de todo esto —— no poder dejar una pregunta abierta —— tiene su propia entrada, intolerancia a la incertidumbre, que es la página de la que esta desciende. Allí está también la precisión de alcance que conviene traer aquí en una frase: el modelo de Dugas se desarrolló en Quebec, y cuánta parte de la preocupación de alguien es rasgo y cuánta es un entorno realmente impredecible depende del entorno.

Tres componentes, no uno

La preocupación es el componente famoso y es un tercio. Los tres se separan, responden distinto, y casi todo el mundo se reconoce en uno más que en los otros.

El contenido. Buscar qué puede salir mal y encontrarlo, porque siempre hay algo que califica. Cadenas hechas de eslabones plausibles: si la factura se retrasa, luego la cuenta, luego el trabajo. Las cadenas rara vez son absurdas, y eso es lo que las vuelve absorbentes. Esto mira hacia delante, que es lo que lo separa de pensar demasiado (rumiación), la versión que mira hacia atrás y repasa lo que ya pasó.

El cuerpo. Hombros y mandíbula, un estómago que no se asienta, dolor de cabeza a media tarde, sueño que llega tarde o se rompe a las cuatro, cansancio que el descanso no arregla. Este es el componente que llega a la consulta del médico, muchas veces sin que se mencione la preocupación. La tensión muscular no es una metáfora: la aprensión sostenida mantiene el sistema en guardia, y estar en guardia es caro.

Lo que hace con la conducta. Prepararse de más, comprobar dos veces, avisar a la gente, rechazar aquello cuya forma no se puede conocer de antemano. Más los dos que nadie archiva bajo ansiedad: la irritabilidad, porque un sistema que va al límite no tiene margen para una molestia pequeña, y la apariencia de tenerlo todo controlado, porque desde fuera mucho de esto se lee como diligencia. Volver a preguntar lo mismo también entra aquí y tiene entrada propia: búsqueda de tranquilización.

Separarlos sirve para algo práctico. El componente corporal suele mejorar con sueño y movimiento mientras el contenido sigue intacto, y tratar el conjunto como un único mando es la razón por la que una mejora parcial se lee como ninguna.

En español el rasgo tiene nombre de carácter, y preocuparse es prueba de cariño

Aquí conviene parar, porque la versión traducida de esta página pide algo que en español suena a otra cosa.

Primero la línea clínica, que no se pierde. La versión con nombre —— trastorno de ansiedad generalizada —— se define por duración, incontrolabilidad y coste, no por el tema: preocupación la mayoría de los días durante unos seis meses, en varias áreas, que la persona no consigue parar, con síntomas físicos, y con algo de la vida empeorando por ello. De esos criterios, no conseguir pararla es el que más clasifica. Y los datos de Ruscio y colegas en varios países lo encontraron en todos los estudiados, con la mayoría de los afectados describiendo un deterioro considerable y con mucha variación entre países en cuántos casos se detectan siquiera. Es decir: que nadie te haya preguntado por esto es lo normal, no mala suerte. Lo que un cuestionario puede y no puede cargar está en cribado de ansiedad, que además explica por qué el camino no es el mismo en España que en América Latina.

Ahora el idioma. El español tiene tres palabras donde el inglés tiene una, y ninguna hace el mismo trabajo.

«Ansiedad» es la del manual y, en España, también la de la calle, hasta el punto de estar gastada: se dice de un supermercado lleno y de una bandeja de entrada. Una palabra que vale para todo deja de servir para decir lo que te pasa. «Angustia» es la que usa buena parte de América Latina para esto mismo, y además tiene en consulta un sentido más estrecho, de modo que las dos mitades del idioma pueden hablar del mismo cuadro con palabras distintas y no saberlo. Y «nervios» es la popular en todas partes: estar de los nervios, un ataque de nervios, los nervios me comen.

Lo decisivo es lo que hace la forma de la frase. «Ser nervioso» es una descripción de carácter. Y una descripción de carácter no tiene continuación: se hereda, se lleva, se aguanta. Es que yo soy muy nerviosa, siempre lo he sido nombra el problema y lo cierra en el mismo movimiento, y lo cierra con razón aparente, porque suele ser verdad que siempre fue así. Lo que no se sigue es que por eso no haya nada que hacer. Un rasgo estable puede tener un coste que cambia, y lo que se trata es el coste.

Y ahora la parte que hace falta decir antes de pedirle a nadie que suelte nada. En español, preocuparse es prueba de cariño. Si no me preocupara, no te querría. Una madre siempre está preocupada. Avísame cuando llegues. La preocupación por los demás está instalada como una forma de presencia, casi como una obligación, y se reparte sobre todo entre mujeres de la casa. Así que cuando una página dice «deja de preocuparte», lo que un lector español o latinoamericano oye no es una recomendación clínica: oye deja de querer a tu gente, y oye además que le están pidiendo abandonar un puesto.

No hace falta elegir. Querer a alguien y repasar de noche lo que podría pasarle son dos cosas distintas, y la segunda no se le transmite. Nadie en la familia recibe ninguna protección de las tres de la madrugada: la vigilancia no viaja, solo se paga. Lo que sí viaja es la llamada de mañana, que se puede hacer igual de bien durmiendo.

Lo que esta página no es: no es hipervigilancia, que es un ajuste de la atención y funciona sin ningún contenido de preocupación; no es la subida de un ataque de pánico, que llega a su punto máximo en minutos y va del cuerpo y no del futuro; y no es el pensamiento intrusivo, que se maneja casi al revés.

Qué ayuda, y dónde esto deja de ser asunto de una página

  • Fíjate en el cambio de tema. Apunta durante una semana de qué iba la preocupación. La mayoría encuentra once asuntos, y eso convence más que cualquier argumento: preocuparse por todo no es preocuparse por nada y no tiene ningún valor predictivo.
  • Deja de tratar cada tema como la tarea. Resolver el de hoy es mantenimiento, no avance.
  • Ponla en algún sitio en vez de en ninguno. Veinte minutos fijos, a la misma hora, por escrito, funcionan mejor que contestar a cada preocupación cuando llega y mejor que taparlas: le enseña al sistema que un asunto abierto puede esperar.
  • Ve a la imagen en lugar de rodearla. Si preocuparse es evitar una imagen con palabras, lo útil es lo incómodo: dejar que la escena temida sea concreta unos minutos. Es el mecanismo sobre el que trabajan los tratamientos basados en exposición, y conviene hacerlo acompañado.
  • Trata el cuerpo como un trabajo aparte. Dormir, moverse y menos cafeína no tocan el contenido y bajan la tensión.
  • Cuenta con que soltarla se sienta como una negligencia. La creencia de que preocuparse protege hace un último alegato al salir. Ese alegato no es una prueba.

El Test de Ansiedad lee la preocupación directamente, el test de tipo de ansiedad ordena cuál de los patrones suena más fuerte, y el test de pensar demasiado lee el bucle sin tema.

El alcance. Ser de los que se preocupan es una posición en un continuo, no un cuadro, y en niveles moderados da lo que promete: quien lo tiene prepara, detecta riesgos y casi nunca se lleva sorpresas. Nada de esto es un diagnóstico, y esta página no es una guía de tratamiento: qué tratamiento conviene, y si la medicación entra en él, es una conversación con alguien que pueda ver el conjunto.

Pero una preocupación que ocurre la mayoría de los días, que no consigues apagar y que ha empezado a costarte sueño, trabajo o paciencia es un patrón reconocido y bien estudiado, con tratamientos que funcionan mejor que el apaño propio. Plantearlo no exige llevarlo ya ordenado. «Me preocupo todo el tiempo y no consigo parar» es una frase completa con la que entrar.

fuentes

  • · Borkovec, T. D., Alcaine, O., Behar, E. (2004). Avoidance theory of worry and generalized anxiety disorder. In Generalized Anxiety Disorder: Advances in Research and Practice. Guilford Press.
  • · Dugas, M. J., Gagnon, F., Ladouceur, R., Freeston, M. H. (1998). Generalized anxiety disorder: A preliminary test of a conceptual model. Behaviour Research and Therapy.
  • · Wells, A. (2005). The metacognitive model of GAD: Assessment of meta-worry and relationship with DSM-IV generalized anxiety disorder. Cognitive Therapy and Research.
  • · Newman, M. G., Llera, S. J. (2011). A novel theory of experiential avoidance in generalized anxiety disorder: a review and synthesis of research supporting a contrast avoidance model of worry. Clinical Psychology Review.
  • · Ruscio, A. M., Hallion, L. S., Lim, C. C. W., et al. (2017). Cross-sectional comparison of the epidemiology of DSM-5 generalized anxiety disorder across the globe. JAMA Psychiatry.

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