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Pensamientos intrusivos

El pensamiento horrible que llega sin que lo llames: por qué los tiene casi todo el mundo, por qué su contenido no dice nada de ti, y por qué intentar no pensarlo es lo único que falla siempre.

Ciencia del bienestar

Un pensamiento intrusivo es un pensamiento que llega sin que lo hayas pedido, no encaja con lo que quieres ni con lo que crees, y resulta lo bastante desagradable como para que tu primera reacción sea querer que se vaya. Estar en un andén e imaginarte dando un paso. Una imagen violenta con alguien a quien quieres dentro. Un pensamiento sexual con exactamente la persona equivocada. Una duda, ya montada entera, sobre si de verdad quieres a tu pareja.

La posición de esta entrada es sencilla y es la que sostiene la investigación: el contenido de un pensamiento intrusivo no lleva información sobre quien lo tiene. Lo que dice de ti es nada. Lo que parece que dice de ti es el problema entero.

Cuántos son de verdad

Rachman y de Silva hicieron la pregunta de frente en 1978. Recogieron las obsesiones de pacientes con trastornos obsesivos, les quitaron los datos identificativos y las mezclaron con pensamientos intrusivos declarados por personas sin ningún diagnóstico. Después pidieron a clínicos con experiencia que los separaran.

No pudieron hacerlo de forma fiable. Alrededor del ochenta por ciento del grupo no clínico declaraba tener pensamientos intrusivos no deseados, y en forma y en contenido esos pensamientos eran muy parecidos a los de los pacientes. Lo que cambiaba era la frecuencia, la duración y cuánta angustia producían. No el tema.

Radomsky y colegas repitieron la pregunta en 2014 en trece países de seis continentes, con cerca de ochocientos participantes sin diagnóstico. Alrededor del noventa y cuatro por ciento declaró al menos un pensamiento intrusivo no deseado en los tres meses anteriores. Es, con los datos disponibles, una de las experiencias humanas más comunes de las que nadie habla.

Y el motivo de que nadie hable es circular y conviene nombrarlo: los pensamientos que la gente tiene son exactamente los que más vergüenza le daría contar, así que todo el mundo concluye que es el único. Eso lo hace la vergüenza, y es la razón por la que esta página existe.

Qué hace que un pensamiento angustie y otro se olvide

La explicación de Salkovskis es la que dio forma a cuatro décadas de tratamiento, y gira sobre un solo movimiento: la diferencia no está en el pensamiento, está en la valoración del pensamiento.

Casi todo el mundo tiene la imagen, la registra como ruido y sigue. Dura un segundo y no se recuerda nunca. El pensamiento se convierte en problema cuando se interpreta como significativo —— como una revelación de lo que uno desea en secreto, como un aviso de lo que podría llegar a hacer, o como una falta en sí mismo. Esa interpretación hace tres cosas a la vez: vuelve importante el pensamiento, con lo cual vuelve; produce angustia; y genera el impulso de hacer algo al respecto.

Aquí se hace una inferencia muy común y exactamente del revés. La gente razona: este pensamiento me horroriza, luego tiene que estar tocando algo profundo. Lo cierto se parece más a lo contrario. Un pensamiento te horroriza precisamente porque va en contra de lo que de verdad te importa. A nadie le angustian pensamientos intrusivos sobre cosas que le dan igual.

De ahí salen dos consecuencias, las dos prácticas.

Comprobar lo empeora. Intentar establecer si el pensamiento es cierto —— vigilando lo que sientes, poniéndote a prueba, pidiendo que te tranquilicen —— convierte un ruido en un proyecto de investigación, y los proyectos de investigación mantienen el tema presente. El TOC de relación es la versión completamente desarrollada de ese bucle.

Suprimir no es neutro. Los experimentos de Wegner y colegas son la demostración clásica: los participantes a los que se les pidió que no pensaran en un oso blanco pensaron en él más que los que nunca recibieron esa instrucción, y más todavía cuando se levantó la instrucción. Intentar no tener un pensamiento exige vigilar si aparece, y vigilar exige tenerlo a mano. La salida es la trampa.

«Malos pensamientos»: el español ya traía puesta la interpretación

Aquí el lector hispanohablante llega con una desventaja que el inglés no tiene, y es tan antigua que no se nota.

En español existe una categoría popular anterior a la clínica para esto, y viene de la tradición católica: los malos pensamientos. Con su vocabulario completo —— pensamiento impuro, tentación, escrúpulos, y sobre todo consentir ——, y con una tesis dentro: que un pensamiento es un acontecimiento moral, que tenerlo no es inocente del todo, y que la diferencia entre tenerlo y hacerlo es una cuestión de grado y de voluntad.

Mira lo que eso significa a la luz del apartado anterior. Salkovskis dice que el problema no es el pensamiento sino la valoración, y que la valoración dañina es tratarlo como significativo, revelador o culpable. Al lector en español esa valoración se la enseñaron, con nombre y con método, probablemente antes de los diez años. No tiene que llegar a ella por su cuenta: la tiene instalada. Por eso aquí es tan frecuente la secuencia de confesar el pensamiento, quedarse tranquilo una tarde y volver a necesitarlo —— que es, descrita con precisión, una conducta de búsqueda de tranquilización, con la eficacia y la caducidad que tienen todas.

Nada de esto es una discusión con la fe de nadie. Es una observación sobre el vocabulario: la escrupulosidad religiosa está descrita desde hace siglos en la propia tradición pastoral, y desde hace décadas en la literatura clínica, como una forma reconocible de obsesión. Quien está dentro de ella no tiene un problema de conciencia fina. Tiene un bucle que usa material religioso porque usa siempre el material que más importa.

Y hay una segunda palabra española que hace daño por el otro lado: manías. En este idioma, las compulsiones se domestican con esa etiqueta —— es que soy muy maniático, tengo mis manías ——, que las convierte en una peculiaridad simpática de la familia. Comprobar la puerta cuatro veces, no pisar juntas, repetir una frase para deshacer un pensamiento: todo eso cabe en «manías» y ahí se queda, a veces veinte años, porque la palabra no pide explicación. Es la vía concreta por la que un TOC tarda tanto en nombrarse en español, y se junta con el efecto contrario de las redes, donde «soy muy TOC» significa que a alguien le gustan los bolígrafos alineados. Entre las dos han dejado el trastorno real sin palabra utilizable.

Queda una puerta más, y es la más urgente. El posparto. Los pensamientos intrusivos sobre hacerle daño al bebé —— tirarlo, que se caiga por la escalera, imágenes que llegan enteras y sin aviso —— son frecuentes en madres y padres recientes, y son, en la inmensa mayoría de los casos, exactamente lo que describe esta página: ruido no deseado, repudiado en el momento de llegar, en la persona que más miedo tiene de que ocurra. En español esto se cuenta todavía menos que en inglés por dos motivos concretos: la crianza aquí ocurre bajo vigilancia constante de la familia extensa, y existe el miedo, dicho o no, a que contarlo tenga consecuencias. Decírselo a una matrona, a un pediatra o al médico de familia es lo correcto y no abre ninguna puerta a nada malo; callárselo es lo que alarga el asunto. Un pensamiento intrusivo y un impulso son dos cosas distintas, y el apartado siguiente explica cómo se distinguen.

Qué no son

No son intenciones. Una intención lleva planificación dentro y una dirección de marcha. Una intrusión es un fotograma suelto que llega a contrapelo y queda repudiado en el acto.

No son impulsos. Querer hacer algo y horrorizarse al imaginarlo son experiencias opuestas, y quien está angustiado deja de notar rutinariamente que está teniendo la segunda.

No son un retrato de tu personalidad. Ningún test de este sitio, ni de ningún otro, lee pensamientos intrusivos como contenido sobre quién eres. La sombra es la vecina más cercana y conviene marcar la diferencia: el material repudiado aparece como reacciones desproporcionadas hacia otras personas, no como una imagen horrible en un andén.

No son rumiación. La rumiación es un bucle en el que participas, sobre algo real, y que por dentro se parece a pensar. Una intrusión es una llegada suelta y no deseada. Se combinan constantemente —— la intrusión pone la semilla y la rumiación hace el resto ——, pero las respuestas son distintas, que es la razón de que sean dos entradas.

Qué ayuda, y dónde esto deja de ser cosa nuestra

La dirección con evidencia es incómoda y es siempre la misma: dejar de tratar el pensamiento como algo que hay que resolver.

  • Déjalo estar. Que un pensamiento no te guste es compatible con no hacer nada con él. Es una habilidad y mejora con la práctica.
  • No discutas con él. Debatir un pensamiento intrusivo le concede categoría de afirmación. No es una afirmación: es ruido que venía en forma de frase.
  • Fíjate en las comprobaciones. Escanear tus propios sentimientos buscando pruebas, repetir una frase tranquilizadora, evitar a una persona o un sitio, preguntar algo que ya preguntaste. Cada una de esas es una respuesta al pensamiento, y cada una lo mantiene en el negocio. La confesión repetida del mismo pensamiento, si es tu caso, está en esta lista.
  • Cuenta con que suba donde más te importa. Los padres tienen pensamientos intrusivos sobre sus hijos; la gente que está bien en su relación tiene dudas. La distribución sigue a lo que está en juego, que es un motivo más para que no diga nada de tu carácter.
  • Nómbralo una vez, con precisión. «Eso es un pensamiento intrusivo» es la intervención completa para la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, y es un argumento más a favor de la granularidad emocional.

El test de pensar demasiado lee cuánta atención se te va en volver a derivar las mismas conclusiones, el Test de Ansiedad lee la preocupación que suele acompañar, y el Moody Test registra el estado a lo largo del día. Ninguno diagnostica nada.

Ahora la línea, y es de verdad. Todo lo anterior describe una experiencia corriente que tiene casi todo el mundo, y lo que pretende esta página es quitarle peso —— no tranquilizar a alguien cuya vida se ha estrechado alrededor de ella.

Si los pensamientos te ocupan horas del día; si has montado rituales, comprobaciones o evitaciones alrededor; si estás dejando de ir a sitios o de ver a gente para prevenirlos; si pides que te tranquilicen una y otra vez y el efecto se te acaba en un día —— ese patrón tiene forma obsesivo-compulsiva, y se trata, con enfoques bien establecidos y buenos resultados. Eso es una conversación con un profesional, y leer una página sobre lo normales que son los pensamientos intrusivos no la sustituye. Tampoco es motivo para retrasarla: los tratamientos eficaces trabajan exactamente sobre esto y funcionan mejor cuanto antes. En España se entra por atención primaria y derivación a salud mental; en América Latina cambia por país, y suelen servir el centro de salud del barrio, el servicio de psicología de una universidad o la consulta privada.

Y si el pensamiento es sobre hacerte daño a ti y no es simplemente ruido no deseado —— si una parte de ti lo está considerando ——, eso no es el tema de esta entrada. Habla hoy con alguien. En España, la línea de atención a la conducta suicida es el 024; en México, la Línea de la Vida, 800-911-2000; en Argentina, el 135. Atienden a cualquier hora, y también a quien todavía no sabe cómo decirlo.

fuentes

  • · Rachman, S., de Silva, P. (1978). Abnormal and normal obsessions. Behaviour Research and Therapy.
  • · Salkovskis, P. M. (1985). Obsessional-compulsive problems: A cognitive-behavioural analysis. Behaviour Research and Therapy.
  • · Wegner, D. M., Schneider, D. J., Carter, S. R., White, T. L. (1987). Paradoxical effects of thought suppression. Journal of Personality and Social Psychology.
  • · Radomsky, A. S., Alcolado, G. M., Abramowitz, J. S., et al. (2014). Part 1 — You can run but you can't hide: Intrusive thoughts on six continents. Journal of Obsessive-Compulsive and Related Disorders.

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