Intolerancia a la incertidumbre
Por qué lo insoportable es no saber: el rasgo que hay detrás de la preocupación crónica, por qué tranquilizarte no dura, y por qué el trabajo consiste en subir la tolerancia y no en conseguir por fin la respuesta.
Ciencia del bienestar
La intolerancia a la incertidumbre es lo mal que lleva una persona no saber. No lo mal que lleva una mala noticia: lo mal que lleva el hueco anterior a cualquier noticia.
Es uno de los resultados menos intuitivos de la literatura sobre ansiedad, y reordena bastantes cosas una vez que lo tienes. Quien se preocupa mucho no suele ser alguien que considere especialmente probable la catástrofe. Es alguien para quien una pregunta sin cerrar resulta en sí misma insoportable, hasta el punto de que mucha gente preferiría una mala respuesta definitiva a una abierta. «Dímelo ya» no es impaciencia. Es la forma del rasgo.
Cómo se ve
La espera es peor que el resultado. Un análisis, una entrevista, si ese mensaje significaba algo: los días de antes son la parte cara, y la noticia real, sea la que sea, llega a menudo como alivio.
Tomas decisiones para terminar con el no saber, no porque hayas decidido. Te preparas de más para cosas cuya forma no puedes conocer. Vuelves a preguntar lo mismo con otras palabras, porque la respuesta cerró la pregunta y no cerró la sensación. Investigas: síntomas, situaciones, qué puede significar lo que alguien hizo, y la investigación es genuinamente absorbente hasta el punto exacto en que se acaba y el hueco sigue ahí.
En las relaciones es donde más se ve. El «¿esto qué es?» preguntado demasiado pronto. La tranquilidad que dura una tarde. Releer un mensaje buscándole el tono. La entrada sobre TOC de relación cubre la versión que ya se ha organizado como bucle completo, y la de problemas de confianza lo que le hace a un vínculo con el tiempo —— pero la forma corriente es sencillamente una persona que no consigue dejar una pregunta abierta.
Y está la versión específica de las tres de la madrugada: no miedo a un desenlace concreto, sino incapacidad de dejar de generar ramas. La entrada sobre pensar demasiado describe el bucle; esta describe su combustible, y cómo conseguir una cabeza tranquila trata lo que se puede hacer con la noche.
Qué encontró la investigación
Salió de preguntarles a los que se preocupan qué les pasaba. Freeston y colegas, en 1994, se propusieron encontrar qué distinguía a las personas que se preocupan mucho, y la intolerancia a la incertidumbre apareció como el correlato más fuerte de la preocupación —— más que las creencias sobre lo probables que eran las cosas malas.
Es el motor, no un síntoma. Dugas y colegas construyeron un modelo del trastorno de ansiedad generalizada con la intolerancia a la incertidumbre en el centro, y encontraron que discriminaba a las personas que cumplían criterios del trastorno de quienes se preocupaban sin cumplirlos. En ese modelo, la preocupación no es un miedo irracional: es una estrategia —— un intento de pensar hasta llegar a la certeza, o al menos hasta sentir que lo has cubierto todo. Por eso preocuparse se siente productivo y parar se siente como una negligencia.
No es específica de un diagnóstico. La revisión de Carleton reúne la evidencia de que la intolerancia a la incertidumbre atraviesa la ansiedad, los cuadros obsesivo-compulsivos, la depresión y los trastornos alimentarios: un rasgo transdiagnóstico y no una característica de una etiqueta. Está en un continuo, y todo el mundo ocupa algún punto.
Y el cerebro hace algo particular con lo impredecible. La revisión de Grupe y Nitschke describe la maquinaria de anticipación: la amenaza impredecible produce aprensión sostenida y atención elevada de una manera que no produce la predecible, y los sistemas implicados son los de los trastornos de ansiedad. Un negativo incierto es, fisiológicamente, más caro de sostener que uno cierto. Que es exactamente lo que vienen diciendo los cuestionarios desde 1994.
Una precisión de alcance que el español obliga a hacer, y va en la dirección del apartado siguiente: el modelo de Dugas y su equipo se desarrolló en Quebec, sobre una población con una estabilidad institucional y económica que no es la de todos los lectores de esta página. El proceso está bien descrito. Cuánta parte de la incertidumbre de alguien es rasgo y cuánta es entorno, eso depende del entorno.
En español, «incertidumbre» es antes que nada una palabra colectiva
Aquí conviene parar, porque la versión traducida de esta página puede hacer daño.
En inglés, este tema llega como un asunto de psicología individual. En español, «incertidumbre» es antes que nada una palabra de telediario: incertidumbre económica, incertidumbre política, incertidumbre laboral. Y no es un tópico. Es la descripción literal de la vida de mucha gente que va a leer esto: contratos temporales y renovaciones que se saben con quince días de margen en España; inflación que cambia lo que vale el sueldo entre que se cobra y que se gasta en el Cono Sur y en Venezuela; planes que dependen de un trámite, de una frontera o de un barrio en buena parte de América.
Decirle a esa persona que su problema es intolerancia a la incertidumbre, sin más, es patologizar una lectura correcta de un entorno realmente impredecible, y es un error de página web, no de la investigación. Así que conviene separar dos cosas.
La incertidumbre que no se puede cerrar por dentro. Si no sabes si te renuevan, no lo sabes; ninguna cantidad de pensar lo va a averiguar, y estar preocupado por ello es proporcionado. Lo que hay ahí son medidas —— información, alternativas, colchón si se puede, gente ——, no autoconocimiento. Un entorno inestable no crea el rasgo, pero le da combustible auténtico y sube muchísimo su precio.
La incertidumbre que ya está cerrada y se reabre. Lo que dijo alguien, lo que significó un silencio, si aquello se hizo bien, si esto va en serio. Preguntas que tienen respuesta o que ya la tuvieron, y que vuelven a abrirse a las dos de la madrugada. Esta es la que trata esta página, y se reconoce por una cosa: se reabre aunque la situación no haya cambiado.
La prueba que las separa es la misma que sirve para casi todo aquí: ¿ha sido alguna vez suficiente más información? Si la respuesta es sí, tienes un problema de datos. Si la respuesta es que cada respuesta compró unas horas, tienes el otro.
Y luego está lo que el idioma ya sabía. En español hay un refrán que enuncia el hallazgo central de esta literatura mejor que cualquier resumen: más vale malo conocido que bueno por conocer. Léelo otra vez a la luz del primer apartado: dice, literalmente, que un mal definido es preferible a un abierto, aunque el abierto pudiera ser mejor. Eso es el rasgo, convertido en sabiduría popular y repetido con aprobación. Tenerlo en forma de refrán lo vuelve todavía más invisible, porque nadie examina un refrán.
Al lado convive el polo contrario, y también es español de manual: ya se verá, Dios dirá, que sea lo que Dios quiera, no te preocupes antes de tiempo. Merece decirse lo uno y lo otro. Como tolerancia a lo abierto son fórmulas genuinas y bastante saludables —— colocan la pregunta en espera sin exigir cerrarla, que es justo la habilidad de la que trata el último apartado. Y también sirven, con la misma frase, para no mirar algo que sí se podía mirar. La diferencia está en si detrás hay una decisión aplazada o una decisión evitada.
Por qué tranquilizarte no dura
Aquí está el mecanismo que hace que esta entrada valga para algo y no solo resulte interesante.
Que te tranquilicen contesta la pregunta. El problema nunca fue la pregunta: era el hueco insoportable, y el hueco se regenera en cuanto la respuesta tiene más de unas horas, porque ninguna respuesta cubre el futuro. Así que la búsqueda se repite, y cada repetición le enseña al sistema una sola cosa: no puedo con el no saber sin ayuda. La tolerancia baja mientras el consuelo sube.
La misma lógica explica por qué las estrategias se sienten útiles y no lo son:
- Investigar convierte el hueco en una tarea, y las tareas absorben. El hueco sigue intacto.
- Prepararse de más cubre las ramas en las que pensaste, que nunca fueron la parte que asustaba.
- Volver a preguntar compra horas. En español hay además una variante muy nuestra: preguntar lo mismo a tres miembros distintos de la familia, que produce tres tranquilizaciones y ninguna comprobación.
- Decidir pronto termina con esta incertidumbre concreta y entrena el reflejo de terminar más rápido con la siguiente.
La dirección que sí funciona, en los modelos clínicos y en la vida corriente, es la que nadie quiere: dejar una pregunta abierta a propósito y comprobar que sobreviviste. La tolerancia se construye exponiéndose a lo no resuelto, no resolviendo las cosas con eficacia.
Cómo subir la tolerancia
- Nómbralo como hueco y no como amenaza. «No me da miedo la respuesta, me está costando no tenerla» es una frase inusualmente exacta para la mayoría de la gente que llega aquí, y cambia cuál debería ser el siguiente movimiento.
- Practica con las pequeñas. Manda el mensaje sin releerlo. Reserva sin investigar hasta el fondo. Deja un comentario ambiguo sin interpretar. Este es el conjunto de entrenamiento y tiene que ser lo bastante pequeño como para que se sobreviva.
- Pregunta una vez y para. Una pregunta clara es recoger información; la tercera es buscar consuelo. La regla es incómoda y se sostiene.
- Aplaza en lugar de resolver. Veinte minutos fijos por la tarde para las preguntas abiertas funcionan mejor que contestarlas o que suprimirlas: le enseña al sistema que un asunto sin cerrar puede esperar, que es exactamente la habilidad que se está construyendo.
- Cuenta cuántas veces pasó la peor versión. No para tranquilizarte sobre la probabilidad, que no es de lo que vive la preocupación, sino porque casi todo el mundo descubre que se preocupa por casi todo y que por tanto su preocupación no tiene ningún valor predictivo.
- No confundas el hueco con el sentimiento. Si la conclusión la estás derivando de cómo te sientes y no de lo que sabes, el asunto es el razonamiento emocional; y si lo que se cuela es una imagen suelta y no deseada, es un pensamiento intrusivo, que se maneja al revés que una duda.
El test de pensar demasiado lee el bucle, el Test de Ansiedad lee la preocupación directamente, y el test de patrones de confianza lee la versión de pareja, que es donde este rasgo suele hacer más daño.
El alcance: llevar mal la incertidumbre es un rasgo normal, está en un continuo y en niveles moderados trae ventajas reales —— quien lo tiene se prepara, detecta riesgos y casi nunca se lleva sorpresas. Nada de esto es un diagnóstico. Pero una preocupación que ocurre la mayoría de los días, que no consigues controlar y que ha empezado a costarte el sueño o el trabajo tiene la forma reconocida del trastorno de ansiedad generalizada, que se trata y está bien estudiado, y eso corresponde a un profesional antes que a mejores estrategias. Qué pedir en esa consulta, y por qué el camino no es el mismo en España que en América Latina, está en la entrada sobre cribado de ansiedad.
Pedir ayuda no es exagerar. Y que la intolerancia a la incertidumbre vuelva difícil pedirla sin saber de antemano si va a servir es exactamente la broma que el rasgo le gasta a quien lo tiene.
fuentes
- · Freeston, M. H., Rhéaume, J., Letarte, H., Dugas, M. J., Ladouceur, R. (1994). Why do people worry? Personality and Individual Differences.
- · Dugas, M. J., Gagnon, F., Ladouceur, R., Freeston, M. H. (1998). Generalized anxiety disorder: A preliminary test of a conceptual model. Behaviour Research and Therapy.
- · Grupe, D. W., Nitschke, J. B. (2013). Uncertainty and anticipation in anxiety: An integrated neurobiological and psychological perspective. Nature Reviews Neuroscience.
- · Carleton, R. N. (2016). Into the unknown: A review and synthesis of contemporary models involving uncertainty. Journal of Anxiety Disorders.
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