El consejo llega de todas partes y siempre tiene la misma forma. Sal más. Apúntate a algo. Conoce gente. Se da con buena intención, se recuerda sin esfuerzo y, para la versión más común de la soledad, no sirve casi de nada, porque añade más de lo único que no estaba escaseando.
La investigación define la soledad desde los años setenta como una brecha, es decir, la distancia entre el vínculo que una persona tiene y el que querría tener. Una brecha se cierra por cualquiera de sus dos lados. Los conocidos nuevos la cierran solo por el lado en el que la mayoría ya va sobrada.
La diferencia entre la soledad y estar a solas, y cómo se leen entre sí las capas de esa brecha, es una pregunta propia y no es esta. Aquí interesa a qué responde la brecha de verdad.
1 de cada 6
personas en el mundo dice sentirse sola, según la estimación de la OMS de 2025
871.000
muertes al año que ese mismo informe vincula con la soledad
20%
de la población española sufre soledad no deseada, Barómetro de 2024
20 min
al día pasaban los estadounidenses con amigos en persona en 2020, frente a unos 60 en 2003
Por qué conocer a más gente no cierra la brecha
El contacto ha bajado de verdad, y las cifras no son pequeñas. El informe del Cirujano General de Estados Unidos de 2023 situó el tiempo presencial con amigos en unos veinte minutos al día en 2020, frente a cerca de una hora dos décadas antes. Existe por tanto un problema de cantidad en la población, y para algunas personas ese es su problema.
No es el problema de la mayoría. La mayor encuesta sobre soledad realizada hasta ahora, el BBC Loneliness Experiment analizado por Manuela Barreto y su equipo con más de cuarenta y seis mil respuestas en 237 países y territorios, encontró la soledad más alta entre los adultos más jóvenes y en las sociedades más individualistas. No son las edades ni los lugares con menos contacto. Maike Luhmann y Louise Hawkley, con una muestra representativa alemana de más de dieciséis mil personas, vieron la soledad bajar a lo largo de la mediana edad y subir con fuerza solo a partir de los setenta y cinco, que tampoco sigue de forma sencilla a la compañía disponible en cada tramo.
Puesto al lado de lo que suministra, el consejo se entiende mejor.
| La receta | Qué suministra | Cuándo es eso lo que falta |
|---|---|---|
| Conocer a más gente, apuntarse a algo | Cantidad de contacto | El contacto está de verdad cerca de cero: ciudad nueva, trabajo a solas, un año sin salir |
| Trabajar la confianza delante de los demás | La capacidad de usar el contacto cuando lo hay | Lo que frena es el miedo y no la agenda |
| Decirle una cosa verdadera y costosa a alguien que ya está en tu vida | Que alguien te conozca | Hay contacto y en todo ese contacto no hay nada arriesgado |
| Algo fijo cada semana en lugar de una noche acordada | Frecuencia, a un precio que aguante una mala semana | Los planes se deshacen antes de ocurrir |
Casi todo el que teclea una pregunta así está en la tercera fila y recibe la primera.
La cuadrilla de siempre y el papel que te tocó a los quince
Aquí hay un asunto que en inglés no aparece, porque la forma institucional de la amistad es distinta. En buena parte de España la unidad social principal de un adulto sigue siendo un grupo cerrado que se formó en el colegio, en el instituto o en el barrio: la cuadrilla, la peña, la pandilla de siempre.
Ese grupo resuelve dos cosas muy bien. Resuelve la cantidad, porque se queda sin planificar y se queda a menudo. Y resuelve la pertenencia, que es el otro apartado que la soledad mide: hay un sitio que es tuyo y una mesa donde no hay que traducirse. Para quien está dentro, ninguna de las dos carencias existe.
Lo que ese grupo no resuelve en absoluto es que alguien te conozca, y conviene decirlo sin rodeos porque es contraintuitivo. Doce personas que se conocen desde los quince llevan repartidos los papeles desde entonces. Hay un gracioso, hay uno sensato, hay uno al que siempre le pasan cosas y hay uno que está bien. El papel funciona igual que el «no me puedo quejar»: es un formato, no una mentira, y su propiedad es que no admite respuesta. El gracioso del grupo no puede ser el que lo está pasando mal, no porque se lo prohíban sino porque treinta años de costumbre han dejado ese movimiento sin sitio donde caer. De ahí sale la escena que mucha gente reconoce: una cena de ocho horas con la gente que más la quiere en el mundo, de la que vuelve sin haber dicho ni una sola cosa cierta.
Y para quien llega después, el mismo grupo tiene la propiedad contraria. No hay vacante, no por antipatía sino porque el grupo está completo desde antes y nadie es consciente de haber cerrado la puerta. Cómo se entra en un sitio así es una pregunta real y es otra, distinta de esta.
Hay además un hecho de la lengua que lo vuelve más difícil de nombrar. En español una sola palabra, soledad, cubre lo que se busca y lo que se padece, y por eso hubo que acuñar soledad no deseada para poder legislar y medir. Nombrarlo exige entonces un adjetivo y una explicación, cuando alrededor hay una familia grande, primos, comidas de domingo y gente que se preocupa. La objeción obvia llega siempre: pero si estás rodeado de gente. Admitir la brecha se parece demasiado a un desagradecimiento, así que se queda sin admitir.
De qué está hecho que alguien te conozca
La investigación útil aquí no es sobre la amistad. Es sobre cómo se produce la intimidad, turno a turno, dentro de una conversación.
En 1998 Jean-Philippe Laurenceau, Lisa Feldman Barrett y Paula Pietromonaco hicieron que varias personas registraran sus interacciones a medida que ocurrían y encontraron dos cosas que vale la pena retener. La revelación de emoción predijo la intimidad bastante mejor que la revelación de hechos e información, de modo que el contenido que cuenta no son las noticias. Y el efecto pasaba por la sensación de que el otro había respondido, lo que significa que la intimidad no se produjo al entregar algo. Se produjo con lo que volvió.
El metaanálisis de Nancy Collins y Lynn Miller sobre noventa y cuatro estudios encontró tres efectos distintos dentro del mismo fenómeno: quien se revela cae mejor, la gente se revela más ante quien ya le gusta, y la gente acaba apreciando a aquellos ante quienes se ha revelado. El tercero se cae de todos los resúmenes y es el que sostiene el resto. La autorrevelación no informa solo de una cercanía que ya existía. Fabrica algo de cercanía en quien se revela.
También hay evidencia observacional, y se cuenta con sus límites puestos. Matthias Mehl y su equipo pusieron grabadoras a setenta y nueve universitarios durante cuatro días, reunieron casi veinticuatro mil fragmentos de su vida despierta y encontraron que el bienestar correlacionaba con la cantidad de conversación sustantiva en torno a .28. Una réplica agrupada de 2018 con cuatro muestras y cuatrocientas ochenta y seis personas confirmó esa asociación y no logró replicar la de la charla trivial. Leído con honestidad, el par no dice que la charla trivial sea nociva. Dice que la cantidad de conversación que va a algún sitio acompaña al estado de la persona y que la que no va a ninguno es más o menos neutra. Los dos estudios son correlacionales y el primero era de estudiantes.
Nada de esto exige que la relación sea una amistad. La entrada sobre las relaciones platónicas tiene el panorama más amplio de para qué sirven estos vínculos y qué cuestan.
La frase que ya tienes a quién decirle
Este es el movimiento, y suena demasiado pequeño para ser la respuesta, que es casi todo el motivo por el que no se hace. Coger a una persona que ya te conoce y, la próxima vez que pregunte, cambiar el bien por algo cierto.
No es una confesión. «Todo bien» no es mentira, es un formato, y lo que tiene de malo es estructural antes que moral: no se le puede devolver nada. Una frase con un sujeto de verdad dentro le da al otro algo a lo que responder, y en esa respuesta es donde se fabrica la intimidad. El hallazgo de Laurenceau, girado y apuntado a un martes cualquiera, dice eso.
El paso que falta casi nunca es una persona. Es una frase que se hubiera podido contestar.
Dos cosas lo complican. La primera es que la cercanía se construye por intercambio, y el intercambio es secuencial, así que alguien tiene que ir primero sin garantías. La segunda es que la gente se equivoca de forma sistemática sobre lo que pasa después. Michael Kardas, Amit Kumar y Nicholas Epley hicieron doce experimentos y encontraron que los participantes esperaban conversaciones profundas más incómodas y menos agradables de lo que resultaron ser, y subestimaban de manera constante cuánto le iba a importar al otro. La advertencia importa: casi todo ese trabajo se hizo con desconocidos, así que es evidencia sobre la expectativa y no una promesa sobre una persona concreta un martes concreto.
La repetición puede más que una buena noche
Lo otro que produce profundidad no tiene que ver con lo que se dice. Es la frecuencia, y con un umbral lo bastante bajo para que nadie tenga que decidir.
Richard Moreland y Scott Beach hicieron un experimento silenciosamente notable en una clase numerosa. Cuatro mujeres de aspecto parecido asistieron cero, cinco, diez o quince sesiones, sin hablar con nadie y sin hacer nada. Al final del curso, los estudiantes valoraron a las que más habían asistido como más atractivas y más parecidas a ellos mismos. No había ocurrido nada entre ellos. La asistencia sola movió la aguja.
Ahí está el mecanismo del partido del jueves, de la clase que no se cambia, del miércoles que no se toca. Una noche acordada hay que decidirla cada vez, y en el decidir es donde se muere, porque siempre hay una semana en la que nadie tiene el cuerpo para eso. Lo que se repite ocurre salvo que alguien lo cancele, que es un valor por defecto completamente distinto.
La última fila es la que más pesa. El tiempo de calidad, como modelo, exige que lo difícil sea el asunto de la ocasión. Eso resulta más o menos insoportable y por tanto no sucede. El contacto que se repite permite que lo difícil aparezca en medio de otra cosa, que es la única forma en la que la mayoría llega a decirlo.
Y aquí está el giro para quien lea esto en España. El mecanismo que esta pieza recomienda no hay que importarlo: la frecuencia alta, el quedar sin planificar, el bar de siempre, ya están. Precisamente por eso lo que falta casi nunca es cantidad, y precisamente por eso «sal más» es aquí todavía menos útil que en otros sitios. Lo que escasea es lo que ninguna cantidad de quedadas produce sola.
Por qué sobrevive el consejo de salir más
Conviene preguntarse por qué la receta más débil es la primera opción de todo el mundo, porque la respuesta no es la estupidez.
Conocer a más gente es ejecutable. Tiene sitio, fecha y precio. Se cuenta después, en eventos y en conversaciones, y lo que más urgentemente quiere alguien que se siente solo es estar haciendo algo. Decir una cosa verdadera a quien ya conoces no tiene ninguna de esas propiedades. No entra en la agenda, no se puede auditar y no hay nada que contar el domingo. Los consejos se seleccionan por legibilidad al menos tanto como por efecto.
Y a veces es sencillamente correcto, que es la parte que se pierde cuando este argumento se dice demasiado fuerte. Si el recuento honesto de conversaciones de las dos últimas semanas que no fueran puro trámite sale cerca de cero, entonces lo que falta es cantidad y la cantidad va primero, porque no hay ninguna relación existente que profundizar. Quien se ha mudado a un sitio donde no conoce a nadie, quien trabaja a solas, quien sale de una década dentro de una sola relación: para esas personas el consejo de siempre no es un diagnóstico equivocado. Cómo se conoce a la gente es una pregunta real. Es otra.
Cuando la soledad llega con un cambio de dirección
Hay una categoría entera de esto que es situacional, y quienes están dentro son los que con más facilidad lo leen como un dato sobre sí mismos.
Una mudanza. Una relación que acaba. Una muerte. Un trabajo nuevo, la jubilación, el primer hijo. Lo que tienen en común es que retiran en poco tiempo una estructura que venía suministrando a la vez el contacto y el ser conocido, y la retiran sin anunciar que eso es lo que acaba de pasar. El Barómetro de la soledad no deseada en España de 2024, con dos mil novecientas entrevistas, cifró en un 20% la población que la sufre y en un 13% la que la arrastra de forma crónica, con el dato incómodo de que entre la juventud rural sube hasta el 37%. Son instrumentos distintos del de la OMS, así que las dos cifras no se ponen una al lado de la otra.
El análisis de Luhmann y Hawkley encuentra esa misma forma. En los adultos jóvenes la soledad seguía a los ingresos, al empleo a tiempo completo y al estado de la relación, y la subida en el grupo de más edad se debía sobre todo a la pérdida del cónyuge y a la salud. Circunstancia, en otras palabras, y no carácter.
Se malinterpreta porque suele venir detrás de algo elegido. El ascenso, la ciudad, el hijo. La soledad que llega después de una decisión se archiva como prueba sobre quien tomó la decisión, y el archivado ocurre solo.
La versión más afilada le toca a quien acaba de tener un hijo. Rodeado, tocado sin parar, hablado todo el día, y sin que nadie le haga una sola pregunta sobre sí mismo durante un mes. La jubilación produce un primo hermano de lo mismo, porque el trabajo venía suministrando las dos mitades en silencio y solo la del contacto se sustituye. El duelo produce la versión que nadie discute, que es también la que menos se menciona, porque se impone la idea de que la pena es la queja legítima y la soledad un lujo.
Lo que tiene a favor la soledad situacional es que de hecho afloja a medida que la estructura se rehace. Tarda más de lo que nadie presupuesta. Mientras tanto, lo que conviene desconfiar no es del sentimiento sino de la explicación que viene pegada a él.
Qué resuelve una lectura y qué no
Tres barras de un mes son una muestra y no un veredicto. Cuatro semanas tranquilas en las que nada necesitó a nadie dan los mismos números que cuatro semanas en las que alguien estuvo sostenido de verdad, y quién está se averigua después de que pase algo grave, no en un cuestionario. Tampoco hay nada que diagnosticar al final, porque la soledad describe una situación y no es un cuadro clínico.
Lo que una lectura hace bien es más estrecho y más útil que una puntuación. Separa la pregunta de la cantidad de la pregunta de ser conocido, y esa separación casi nadie la hace solo, que es la razón por la que tanta gente dedica un año entero a la mitad equivocada.
Sources
- World Health Organization (2025). From loneliness to social connection: charting a path to healthier societies. Report of the WHO Commission on Social Connection.
- Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, Fundación ONCE y Fundación AXA (2024). Barómetro de la soledad no deseada en España 2024.
- Office of the U.S. Surgeon General (2023). Our Epidemic of Loneliness and Isolation. U.S. Department of Health and Human Services.
- Barreto, M., Victor, C., Hammond, C., Eccles, A., Richins, M. T., & Qualter, P. (2021). Loneliness around the world: Age, gender, and cultural differences in loneliness. Personality and Individual Differences, 169, 110066.
- Luhmann, M., & Hawkley, L. C. (2016). Age differences in loneliness from late adolescence to oldest old age. Developmental Psychology, 52(6), 943–959.
- Laurenceau, J.-P., Barrett, L. F., & Pietromonaco, P. R. (1998). Intimacy as an interpersonal process. Journal of Personality and Social Psychology, 74(5), 1238–1251.
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- Kardas, M., Kumar, A., & Epley, N. (2022). Overly shallow? Miscalibrated expectations create a barrier to deeper conversation. Journal of Personality and Social Psychology, 122(3), 367–398.
- Moreland, R. L., & Beach, S. R. (1992). Exposure effects in the classroom: The development of affinity among students. Journal of Experimental Social Psychology, 28(3), 255–276.