Hay un detalle del castellano que viene al caso, porque describe exactamente lo que pasa en esa mesa. Aquí a la gente no la juzgas: te cae bien o te cae mal. La construcción es dativa —— el otro es el sujeto, tú eres a quien le ocurre ——, de modo que el idioma trata la simpatía como algo que te sucede y no como una conclusión a la que llegas. Y acierta. El veredicto de una primera cita se forma en los primeros minutos, por debajo del razonamiento, con material que no estaba disponible por escrito: la voz, el ritmo, cómo mira, qué hace con las manos, y en España además el saludo con dos besos, que es un acto físico que ocurre antes de la primera frase.
Nada de eso existía en la conversación que llevabais teniendo. Así que no es que la persona sea distinta: es que el canal nuevo entrega de golpe el noventa por ciento de la información y la mayor parte llega antes de que a nadie le dé tiempo a pensar.
Lo que cambia al pasar del texto a una mesa
Desaparece el tiempo de redacción. Un mensaje puede tardar cuatro minutos en escribirse y leerse como si hubiera sido instantáneo. En una mesa hay dos segundos. Quien escribía frases brillantes no era un impostor: tenía un canal que le daba tiempo, y el tiempo era la mitad del ingenio.
Aparece el cuerpo. Timbre de voz, mirada, postura, cómo se ríe. Todo eso se procesa muy rápido y con mucho peso, y puede contradecir por completo la impresión escrita sin que la otra persona haya hecho nada raro.
Cambia el ritmo de arranque. Hay gente que necesita cuarenta minutos para soltarse. Por escrito eso no se nota, porque cada mensaje llega ya calentado. En persona, esos cuarenta minutos ocurren delante de ti y parecen un resultado en vez de un principio.
Y compite contra tu personaje. Esta es la parte incómoda: durante dos semanas has estado completando huecos —— tono, cara, intención —— y los has completado a favor. La persona real no se parece menos a sí misma de lo que se parecía antes; lo que pasa es que ahora hay con qué compararla.
Además, los dos estáis nerviosos. Una primera cita mide sobre todo cuánto se nota que es una primera cita. Es la peor muestra disponible de cómo es alguien, y es la que casi todo el mundo usa para decidir.
Qué hacer con eso
- Da una segunda cita cuando no haya habido nada malo, solo ausencia de chispa. La segunda es donde se ve a la persona; la primera se ve sobre todo a los nervios.
- Elige un plan con algo que hacer. Andar, un mercado, una exposición, un partido. La conversación cara a cara sin nada alrededor exige un rendimiento continuo que penaliza justo a la gente tranquila.
- Quedad antes. Cuanto más corta sea la fase de mensajes, menos personaje habrá que desmontar: cuánto hablar antes de quedar.
- Distingue apagado de incómodo. Alguien callado y atento no es lo mismo que alguien que no te mira o que contesta sin interés. Lo primero es temperamento, lo segundo es información.
- Y mira también tu propia diferencia. Si tú eres mucho mejor por escrito, la fase larga de mensajes te está favoreciendo y perjudicando a la vez, y conviene saberlo. El eje está en el test de introversión y extraversión y desarrollado en introversión y extraversión.
Cuándo sí es un problema
Hay una diferencia entre cambiar de registro y no coincidir con lo que se había contado. Si las fotos eran de hace ocho años, si lo del trabajo no era cierto, si la persona cariñosísima por escrito trata mal al camarero: eso no es el canal, es otra cosa, y lo que ves en la mesa manda sobre lo que leíste. La regla práctica es sencilla —— el texto puede equivocarse sobre el temperamento de alguien, pero no sobre los hechos.