Antes del número, mira la frase que se usa para esta fase: «nos estamos conociendo». Es un verbo recíproco y en presente continuo, así que afirma dos cosas a la vez: que el conocimiento está aumentando, y que aumenta para los dos. Ninguna de las dos es del todo cierta cuando lo único que hay son mensajes. Lo que aumenta es la cantidad de texto revisado que habéis intercambiado, y lo que cada uno conoce es una construcción propia, distinta de la del otro y hecha en buena parte de material propio. El idioma te vende un proceso compartido donde hay dos procesos separados, y por eso la primera cita puede parecerle estupenda a uno y rara al otro.
Qué pasa cuando se alarga
Rellenas los huecos y los rellenas bien. Un mensaje no trae cara, ni tono, ni ritmo. Todo eso lo pones tú, y tiendes a ponerlo favorable. A las dos semanas no estás hablando con esa persona: estás hablando con una versión que has ido construyendo con sus frases y tus expectativas, y esa versión es siempre más afín a ti que la real, porque la has hecho tú.
Sube lo que hay que perder. Después de veinte días de mensajes diarios, quedar deja de ser un café y pasa a ser una comprobación con resultado. Los nervios suben, la naturalidad baja, y la cita empieza en peores condiciones que si os hubierais visto la primera semana.
El texto premia a quien escribe bien. No a quien escucha bien, ni a quien es tranquilo, ni a quien tarda en soltarse. Cuanto más dure esa fase, más se selecciona por una habilidad que luego no interviene casi en nada.
Y se gasta la novedad. Si ya te has contado la infancia, el trabajo y las tres anécdotas buenas, la cita empieza sin material. Bastantes primeras citas raras no lo son por falta de química sino por falta de temas.
Además, alargarlo suele ser una señal. Quien lleva un mes escribiéndose contigo y no propone verte muchas veces no está esperando el momento adecuado: está contento con lo que hay, que es una compañía sin coste. Merece la pena notarlo pronto.
Una manera que funciona
- Propón ver a la persona entre el tercer y el séptimo día. Corto y concreto: un café o una caña, entre semana, una hora. Un plan pequeño es más fácil de aceptar y más fácil de repetir.
- Que los mensajes sirvan para dos cosas. Comprobar que hay algo de conversación y quedar. No para hacer amistad.
- Una llamada corta o un audio antes de la cita resuelve más que cincuenta mensajes: el tono, el ritmo y el humor se oyen y no se pueden corregir.
- No mandes párrafos largos. Se releen, se contestan después de releerse, y fabrican justo la versión editada que luego estorba.
- Si te da miedo el salto del texto a la persona, eso es frecuente y tiene su propio nombre: pasa en la ansiedad al teléfono.
- Y si al verse la cosa cambia de tono, eso no significa que alguien fingiera: está explicado en por qué alguien es tan distinto en persona.
Cuándo tiene sentido alargarlo
Hay excepciones razonables y conviene no confundirlas con evitación. Distancia real —— vivís en ciudades distintas y quedar implica un viaje ——, agendas imposibles durante unas semanas concretas, o la cautela de alguien que necesita comprobar que la otra persona es quien dice antes de verla en privado. En esos casos lo que alarga no es el miedo, es la logística, y se nota en que hay una fecha aunque esté lejos. Cuando no hay fecha en el horizonte, el alargamiento no tiene causa externa. Cómo se dice todo esto sin sonar exigente está en estilo de comunicación.