El castellano tiene aquí una ventaja y una trampa, y son la misma palabra. Quedar es un verbo que el inglés no tiene: en una sílaba dice «acordar vernos en un momento concreto». Es justo el acto que fabrica amistades y en este idioma cuesta una palabra. La trampa es la fórmula que se ha construido encima: «a ver si quedamos». Mira lo que hace esa frase. «A ver si» introduce una posibilidad que nadie se compromete a realizar, el verbo va en presente por un futuro que no se concreta, y no hay ni día ni plan ni quién llama a quién. Se dice con afecto sincero y no obliga a nada. Es la despedida más común entre adultos españoles que se caen bien y no se van a ver.
Los dos ingredientes que ya no vienen de serie
Una amistad necesita dos cosas y en la juventud las dos eran gratis. La primera es coincidir sin haberlo organizado: el instituto, la facultad, el barrio, el equipo. Ver a la misma gente muchas veces, sin decidirlo, hasta que la familiaridad hace el trabajo sola. La segunda son horas sin función: tiempo al lado de alguien que no sirve para nada, que es donde ocurre todo lo que convierte a un conocido en un amigo.
De adulto las dos desaparecen a la vez, y la gente concluye que la amistad se ha vuelto difícil. No se ha vuelto difícil. Ha dejado de ser gratis, y ahora cuesta lo que siempre costó: alguien tiene que pagar la repetición y alguien tiene que pagar las horas. Esa es toda la explicación, y es buena noticia, porque las dos se pueden comprar con calendario.
Lo que funciona, en orden
Busca repetición antes que gente. Esta es la inversión del orden habitual y es la parte importante. No vayas a un sitio a conocer gente: apúntate a algo que se repita —— coro, frontón, clase de idiomas, voluntariado de los martes, un grupo de correr —— donde las mismas caras vuelvan sin que tú lo organices. Un evento único con doscientas personas sirve menos que un taller de ocho al que vas doce jueves seguidos.
Haz la propuesta concreta. Sustituye «a ver si quedamos» por «¿te vienes a tomar algo el jueves al salir?». La diferencia en esfuerzo es mínima y la diferencia en resultado es toda. Una propuesta concreta puede recibir un no, y esa es exactamente la razón por la que la gente prefiere la vaga.
Asume que te toca a ti las primeras veces. Al principio de una amistad adulta casi siempre hay un desequilibrio en quién propone, y no significa lo que temes. Significa que uno de los dos ha decidido dejar de esperar. Si a los meses sigue siendo idéntico, entonces sí es un dato, y lo trata qué es una amistad unilateral.
Cuenta algo tuyo antes de que sea cómodo. La cercanía no la fabrica el tiempo, la fabrica que alguien sepa algo verdadero. Un detalle real —— que estás agotada, que tu padre está malo, que odias tu trabajo —— hace más en una tarde que seis quedadas simpáticas.
Cuenta en meses. Las estimaciones que existen sobre esto hablan de decenas de horas compartidas para llegar a una amistad, y de bastantes más para llegar a una cercana. A dos horas por semana, eso es medio año. No vas mal: vas al ritmo que tiene.
De qué depende
Cuánta gente necesitas y cuánto te cuesta cada rato con ellos varía mucho, y conviene saber tu número antes de fijarte objetivos ajenos. Hay quien sale de una cena con energía y quien sale vacío aunque lo haya pasado bien; eso no es antipatía y está explicado en batería social. Y si lo que frena no es la falta de sitios sino que proponer da un miedo desproporcionado, eso tiene nombre, es frecuente y se mide: el test de ansiedad social lo separa de la simple introversión.