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Mente24 de septiembre de 2026Por Johnson

¿Fue un ataque de pánico o fue otra cosa?

Diez minutos en los que parecía que uno se moría, y ahora un buscador. Qué hay que descartar primero y por qué ese orden es el correcto, por qué la crisis llega a su pico y baja sola, qué más produce esas mismas sensaciones y por qué respirar hondo es el consejo equivocado.

Diez minutos, o menos. El corazón golpeando lo bastante fuerte para oírlo, un aire que no llegaba, las manos dormidas, un suelo que había dejado de ser del todo real, y en medio de todo eso la certeza plana de que aquello era la muerte ocurriendo. Después se fue drenando y dejó el temblor.

Esa forma tiene nombre, y pensar que uno se moría no es una reacción exagerada. Es uno de los trece síntomas de la lista diagnóstica, el que casi todo el mundo que pasa por esto describe y que casi nadie reconoce como síntoma mientras está dentro.

Y después la parte que sirve a las tres de la mañana, que es mecanismo y no consuelo. El episodio sube a su pico en unos diez minutos y desde ahí baja, y baja se haga algo o no se haga nada. No detiene un corazón. No provoca asfixia. No se convierte en locura. La razón está en la forma de la cosa: una descarga de emergencia completa disparada en un cuerpo que no tiene ninguna emergencia delante, sostenida por una sustancia que el organismo retira en minutos, y por eso no puede mantener su propio pico.

22,7 %

de los adultos de EE. UU. ha tenido al menos un ataque de pánico en su vida

3,7 %

ha tenido trastorno de pánico sin agorafobia

9,3 %

prevalencia-vida de cualquier trastorno de ansiedad en España

51,1 %

de pacientes con trastorno de pánico tuvo una crisis con 480 mg de cafeína

Dos nombres para lo mismo, y eso importa más de lo que parece

En español esto se llama de dos maneras. Crisis de angustia es el término que usan las guías clínicas españolas, y ataque de pánico es el que usa la gente y el que se escribe en el buscador. La Guía de Práctica Clínica para el manejo de pacientes con trastornos de ansiedad en Atención Primaria, la de GuíaSalud, trae un algoritmo específico para la crisis de angustia, de modo que el término clínico no es una preferencia de estilo: es la palabra con la que el episodio está codificado en el sistema.

Merece la pena saber las dos, porque buscando una se encuentra material divulgativo y buscando la otra se encuentra el circuito asistencial.

Y hay un tercer nombre que circula por encima de los dos y no significa lo mismo.

El ataque de nervios no es exactamente esto

El ataque de nervios figura en el glosario de conceptos culturales de malestar del DSM-5, está muy presente en Puerto Rico, el Caribe y las comunidades latinas, y afecta según la investigación al 7 % o 15 % de los adultos latinos a lo largo de la vida.

Comparte mucho con la crisis de angustia: temblor, presión en el pecho, palpitaciones, falta de aire, la sensación de estar perdiendo el control. Se diferencia en el borde. El ataque de nervios suele llegar pegado a una noticia o a un conflicto concreto, se expresa hacia fuera con grito o llanto, y no exige el ascenso rápido hasta un pico en diez minutos que la crisis de angustia sí exige. Un ataque de nervios puede cumplir los criterios de crisis de angustia y muchos no los cumplen.

Lo práctico de todo esto es lo siguiente. A mucha gente le han dicho que le dio un ataque de nervios y se ha quedado ahí, porque la frase explica y cierra a la vez. Si los episodios se repiten, si llegan sin discusión previa y sin noticia, y si suben a su pico en minutos, la etiqueta que abre una puerta es la otra.

Ir a urgencias no fue una exageración

En Estados Unidos, donde la cifra está medida, el dolor torácico es el segundo motivo por el que un adulto acude a urgencias, con cerca de siete millones de visitas al año, y la mayoría de esas visitas no acaba en un diagnóstico cardíaco. La gente que trabaja allí no se sorprende de esto y no lo lleva a mal. Separar un pecho que asusta de un pecho peligroso es el trabajo, y se hace con una exploración, un registro de la actividad eléctrica del corazón y una analítica, no con una estimación de lo asustado que parece alguien.

Lo que se mira no tiene misterio. Primero el corazón. Después la función tiroidea, porque el hipertiroidismo produce palpitaciones, temblor, falta de aire e insomnio en una combinación que se lee como ansiedad, y en una parte de los casos los síntomas que parecen psiquiátricos son el primer signo. La glucosa. Y el ritmo, si los episodios empiezan y terminan de golpe.

En España el circuito continúa en otro sitio. La propia GPC coloca el trastorno de pánico dentro de Atención Primaria, con el trastorno de ansiedad generalizada, lo que significa que después de urgencias la cita siguiente es el centro de salud y el médico de familia, no directamente un psiquiatra. Esa puerta es más estrecha de lo que la gente supone y también más corta: derivar es una decisión que se toma allí, y llegar con los episodios descritos por escrito cambia lo que sale de esa consulta.

Hay un hallazgo de esta literatura que vale la pena llevarse. Una revisión de 2024 en Frontiers in Psychiatry sobre cómo separar los síntomas de pánico de la enfermedad médica encontró que los pacientes cuyas palpitaciones no son cardíacas detectan su propia frecuencia cardíaca con menos precisión que aquellos cuyas palpitaciones tienen causa física. La sensación es vívida y la lectura de esa sensación es mala al mismo tiempo. No es una contradicción, es cómo funciona la interocepción bajo alarma: un cuerpo en activación máxima es un instrumento muy ruidoso y muy mal calibrado.

Lo que produce exactamente estas sensaciones

El solapamiento no es marginal. Es la razón por la que la clínica recorre las causas físicas primero y no por cortesía.

La sensaciónCómo se comporta en una crisis de angustiaQué más la produce
Dolor en el pechoLlega con la oleada, sube y baja con ella, se describe con miedo más que con opresiónEnfermedad coronaria, reflujo, pericarditis, dolor muscular
Aire que no entraLa respiración es rápida y llena mientras el aire se siente inaccesibleAsma, EPOC, insuficiencia cardíaca, un coágulo en el pulmón
PalpitacionesEmpiezan de golpe y se calman dentro de la horaArritmia, hipertiroidismo, anemia, un tumor suprarrenal poco frecuente
Mareo e irrealidadCrece cuando la respiración se acelera y cede cuando se frenaTrastornos vestibulares, hipoglucemia, tensión baja, ictus
Hormigueo y adormecimientoSimétrico: las dos manos, los dos pies, alrededor de la bocaEl adormecimiento de un solo lado es otro problema y es urgente
Temblor y sudoraciónCon el pico, y fuera dentro de la horaAbstinencia de alcohol, tiroides, algunos fármacos

Las sustancias pertenecen a esa lista y son la fila que más se pasa por alto. Un metaanálisis de 2022 en General Hospital Psychiatry encontró que una dosis de cafeína en torno a 480 miligramos, unas cinco tazas de café, provocó una crisis en el 51,1 % de las personas con trastorno de pánico y en el 1,7 % de los controles sanos. Esa distancia no es un efecto pequeño. La abstinencia de alcohol hace algo parecido con un reloj más lento, y también algunos inhaladores y descongestionantes, que es el motivo por el que un médico pregunta por las últimas semanas de medicación antes de cualquier otra cosa.

Ninguna de estas es una explicación menor con la que se despache a alguien. Son explicaciones distintas, y varias tienen respuestas más simples que el pánico.

Por qué hiperventilar lo empeora todo y por qué respirar hondo es el consejo equivocado

Respirar rápido expulsa dióxido de carbono. Con el dióxido de carbono bajo, las arterias que llevan sangre al cerebro se estrechan y la química de la sangre cambia lo suficiente para que los nervios periféricos se disparen solos. De ahí salen el mareo, la irrealidad y el hormigueo en manos y alrededor de la boca. Es decir, la respuesta del cuerpo al miedo está fabricando más de las sensaciones que produjeron el miedo, y el circuito se cierra.

Hay un hallazgo que complica la expresión me vino de la nada, y la complica en una dirección útil. Meuret y su equipo registraron de forma continua a personas con trastorno de pánico y encontraron inestabilidad significativa en varias medidas autonómicas y respiratorias hasta 47 minutos antes de una crisis que la persona vivió como súbita. El inicio venía marcado por una subida de la frecuencia cardíaca, un aumento del volumen de cada respiración y una caída del dióxido de carbono. La crisis no era espontánea. Era invisible, que es otra afirmación, y la respiración ya estaba dentro antes de que nada se hubiera notado.

Aquí es donde el consejo más repetido del mundo hace daño. Respira hondo mueve más aire, no menos, y más aire baja todavía más el dióxido de carbono. La instrucción que encaja con la fisiología es casi la contraria: menos respiraciones, más pequeñas en vez de más profundas, y la exhalación más larga que la inhalación. Menos aire, no más.

Y aprovechando que estamos aquí, la bolsa de papel.

Reinspirar en una bolsa salió de la medicina de urgencias en 1989, cuando Callaham describió tres muertes en pacientes a los que se aplicó ese método y que resultaron estar hipóxicos o sufriendo isquemia cardíaca.

La bolsa baja el oxígeno inspirado lo suficiente para poner en peligro a cualquiera cuya respiración rápida sea física y no psicológica, que es exactamente la persona a la que nadie puede identificar en el momento.

Razonar consigo mismo en plena crisis no funciona, y hay un motivo

Durante el pico, los sistemas que hacen razonamiento cuidadoso están funcionando con recursos recortados. Discutir con el miedo le entrega material para responder, y la discusión no se gana en los ocho minutos disponibles porque la prueba del otro lado es un pecho que de verdad está golpeando.

Lo que ayuda es otra categoría de acción. Quedarse quieto en lugar de salir corriendo, para que el alivio que llegue no quede pegado a la huida. Y dejar que el reloj haga el trabajo.

El razonamiento sirve. Sirve a las once de la mañana y no en el pico.

Después hay una cosa que conviene soltar: un solo hábito de comprobación. La muñeca, el pecho, la pantalla de pulsaciones del reloj. Cada comprobación es un voto pequeño a favor de la idea de que hay algo que vigilar, y la vigilancia es lo que mantiene el umbral de alarma tan bajo.

Si solo ocurre cuando hay alguien mirando

Hay un patrón que cambia la respuesta por completo. Las crisis que llegan de forma fiable delante de otras personas, en la reunión, en la presentación, en la cena, y nunca a solas, suelen ser el extremo físico de la ansiedad social y no un trastorno de pánico. Las sensaciones son idénticas y la ayuda que funciona es distinta, así que la distinción vale la pena pronto.

La firma del trastorno de pánico es la opuesta: la crisis sin ningún desencadenante, incluida la que llega saliendo del sueño.

La semana siguiente a la primera es la parte que nadie describe

La crisis es el acontecimiento memorable y la semana posterior es la que decide. Es un reparto injusto y está bien documentado.

Lo que pasa es discreto. Una mano va a una muñeca varias veces al día. El corazón hace algo sin importancia en unas escaleras y llega el pensamiento de que está empezando otra vez. Levantarse rápido deja de ser levantarse rápido. Una botella de agua entra en un bolso y se queda. Ninguna de esas decisiones se siente como una decisión, y juntas son el principio de la única parte de esto que llega a ser una enfermedad.

Y entonces la geografía empieza a moverse, también sin ninguna decisión. Se deja de hacer un trayecto y el alivio es inmediato y auténtico, y el alivio inmediato es el profesor más eficaz que existe, así que el siguiente trayecto que se deja cuesta menos. Repetido durante meses, así se encoge una vida sin que nadie pueda señalar el día. La palabra clínica para el destino es agorafobia, que no significa miedo a los espacios abiertos. Significa que el mundo se estrecha alrededor de los sitios donde escapar cuesta o la ayuda queda lejos.

La razón para decir esto pronto y no como advertencia final es que la primera semana es el momento más barato de toda la secuencia. Un sitio que se está evitando en silencio, al que se vuelve a propósito, es mantenimiento. El mismo trabajo un año después es tratamiento.

Una crisis no es una enfermedad, y aquí es donde el miedo suele estar mal colocado

La epidemiología es aquí poco habitualmente clara. En la encuesta estadounidense de comorbilidad, casi una cuarta parte de los adultos había tenido al menos un ataque de pánico, y el trastorno de pánico era una fracción de eso.

Prevalencia-vida en la encuesta estadounidense de comorbilidad
Al menos un ataque22.7%
Ataques con agorafobia0.8%
Trastorno de pánico sin agorafobia3.7%
Trastorno de pánico con agorafobia1.1%
  • Al menos un ataque: 22.7%
  • Ataques con agorafobia: 0.8%
  • Trastorno de pánico sin agorafobia: 3.7%
  • Trastorno de pánico con agorafobia: 1.1%

En 25 países de las encuestas de Salud Mental Mundial, la cifra de vida del trastorno de pánico salió en 1,7 %. En España, el ESEMeD encuestó a 5.473 personas y situó cualquier trastorno de ansiedad en 9,3 % a lo largo de la vida y 6,2 % en los últimos doce meses, con el trastorno de pánico entre los que aparecen a edades más tardías que las fobias.

Ese mismo trabajo internacional traza la línea en un sitio más preciso, y el artículo entero está organizado alrededor de esa línea. Las crisis recurrentes predecían la aparición posterior de varios trastornos mentales, con una odds ratio de alrededor de 2,0. Las crisis aisladas no. Una vez es un acontecimiento real, y una tarde horrible, y no una señal sobre el futuro. La señal es la repetición.

Por eso aquí se rechazan los dos tonos fáciles. Llamar nada a una crisis es un error, porque es el momento en el que está disponible la intervención más barata. Llamarla el comienzo de una enfermedad también es un error, y peor: tratar un acontecimiento como un diagnóstico es una de las maneras más fiables de convertirlo en uno.

Lo que transforma una cosa en la otra no son las crisis. Es lo que se forma alrededor de ellas.

La crisis
El miedo a la siguiente
Dura minutos y baja sola
Funciona también los días tranquilos, durante meses
Da miedo mientras pasa y luego se acaba
Vuelve legibles como avisos las sensaciones corrientes
Frecuente: casi una cuarta parte de los adultos
Poco frecuente, y es lo que define el trastorno
No hay que hacer nada para que pare
Crece si nada lo interrumpe
La vigilancia no la previene
La vigilancia la empeora, de forma fiable

Esa segunda columna es al mismo tiempo la buena noticia, porque es la parte a la que apunta el tratamiento. El metaanálisis en red de Cochrane sobre terapias psicológicas para el pánico encontró la evidencia más fuerte para los abordajes conductuales y cognitivo-conductuales, y el trabajo metaanalítico sobre seguimiento a largo plazo encuentra que lo ganado se mantiene cuando el tratamiento termina. Acercarse a las sensaciones en lugar de evitarlas es el ingrediente activo. Cómo se hace eso es una pregunta para un clínico y no para un artículo.

El test de ataques de pánico lee tres cosas por separado: la oleada, la anticipación que viene después y lo que ya se ha dejado de hacer. Es un cribado y no un diagnóstico, y lo dice. El motivo de puntuarlas aparte es que cada una pide una respuesta distinta, y la tercera es la columna que se encarece.

Si todavía no se ha dejado de hacer nada, ese es el dato más protector que hay sobre la mesa. Y sale mucho más barato conservarlo que recuperarlo.

Fuentes

Frequently asked questions

¿Un ataque de pánico puede matarte?

No. El miedo es concreto y la respuesta también puede serlo. Lo que sube durante la crisis es la frecuencia cardíaca y el volumen de cada respiración, y lo que baja es el dióxido de carbono, que es de donde sale el mareo. En esa secuencia no hay ningún colapso circulatorio, y por eso el desmayo que uno teme es poco frecuente en el pánico y frecuente en varias de las cosas con las que se confunde. El corazón late rápido, no está fallando, y la descarga que lo acelera se elimina en minutos. Lo único que la crisis consigue es convencer a alguien por completo de lo contrario, porque la certeza de morir figura entre los trece síntomas de la lista y no es un juicio sobre la situación.

¿Un ataque de pánico puede volverte loco?

Sentir que nada es real, o verse a uno mismo desde algo parecido a fuera, está en los criterios como desrealización y despersonalización. Es un rasgo reconocido de un estado de alarma extrema y no es psicosis, que no se parece a esto y no llega en un bloque de diez minutos y se va. El miedo a perder el control o a volverse loco es, además, uno de los propios criterios. Es raro leer eso sobre la propia experiencia y es útil: el síntoma está previsto, su contenido no es prueba de nada.

¿Hay que llamar a una ambulancia?

En un primer episodio, sí, o llegar a urgencias de otra manera. También si hay dolor en el pecho, desmayo, o una falta de aire que sobrevive al miedo, y siempre que algo se sienta distinto de las veces anteriores. En urgencias nadie considera una pérdida de tiempo un dolor torácico que resulta ser una falsa alarma: separar las dos cosas es el trabajo. Cuando ya hay un diagnóstico y lo físico está descartado, las visitas repetidas dejan de aportar información y empiezan a alimentar el circuito, y eso se habla con el médico de cabecera y no se decide en solitario a las cuatro de la mañana.

¿Cuánto dura una crisis de angustia?

La oleada sube a su pico en unos diez minutos y desde ahí baja. Lo que sorprende es lo de después, que dura bastante más: temblor, agotamiento, dolor de cabeza, mandíbula dolorida de apretar y varias horas de sentirse vaciado. Esa cola no es otra crisis formándose. Es cómo se siente una respuesta de alarma ya gastada, y se resuelve sin que haya que hacerle nada.

Me desperté en plena crisis. ¿Qué era eso?

Pánico nocturno, que está bien documentado y no es raro. La revisión de Craske y Tsao sitúa la proporción de personas con trastorno de pánico que han tenido al menos un episodio saliendo del sueño entre una minoría amplia y la mayoría, según el estudio. No es una pesadilla, porque no hay ningún sueño que recordar y el despertar es directamente dentro de la oleada física. Conviene mencionarlo en la consulta: una crisis sin ningún desencadenante, y la del sueño lo es, aporta información diagnóstica que una situacional no da.

¿Se puede tener una crisis sin estar nervioso antes?

Sí, y esa versión es la más característica. La firma del trastorno de pánico es la crisis que llega sin aviso y sin carrerilla, en alguien que cinco minutos antes no estaba especialmente ansioso. Por eso mismo un cuestionario de ansiedad general deja fuera a tanta gente que tiene crisis: entre una y otra no suele quedar nada que medir.

Las pruebas salieron bien. ¿Con eso queda cerrado?

Queda cerrado lo que se midió, que es más útil de lo que parece y menos de lo que a uno le gustaría. Un electrocardiograma y una analítica normales excluyen un conjunto concreto de cosas en un día concreto. Lo que no pueden hacer es confirmar el pánico, porque el pánico se establece por el patrón a lo largo del tiempo y no por la ausencia de otra cosa. Si los episodios siguen, ese patrón es la siguiente prueba, y vale la pena apuntar cuándo fue el primero, cuántos van y si hubo desencadenante antes de la próxima cita.

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