El consejo llega siempre con la misma forma. Suéltalo un poco. Deja que esté suficientemente bien. Para de pulir.
Y se rechaza con educación durante otra década, por lo que parece estar pidiendo. Parece una invitación a convertirse en alguien a quien le da igual. Alguien cuyo trabajo está bien. Una persona con una relación cómoda con ser del montón.
Esa lectura merece tomarse en serio antes de desmontarla. Quien lleva veinte años funcionando con un listón exigente ha observado correctamente que el listón está metido en casi todo lo que le hace sentir orgullo. Una instrucción para bajarlo se lee como una propuesta de entregar la parte buena a cambio de algo de alivio, y nadie sensato acepta ese trato.
La propuesta no está equivocada, está mal redactada. Lo que bajaría no es lo que sostiene el trabajo, y eso no es una frase de consuelo. Es el resultado más nítido que han dado cuarenta años midiendo esto.
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afán de excelencia frente a rendimiento académico, 37 estudios
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miedo a equivocarse frente a procrastinación
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afán frente a procrastinación, mismo análisis
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relaciones significativas entre cualquiera de las dos mitades y el desempeño laboral
El listón alto no es el problema, y la diferencia no es de grado
Dos cosas distintas comparten una palabra, y de ahí sale casi todo el consejo que rebota.
Tener el listón alto es una posición en una escala. A alguien le importa cómo queda la cosa, ve qué está mal, preferiría hacerlo en condiciones. Nada en la literatura discute eso, y un mundo con menos de eso sería visiblemente peor.
El perfeccionismo es una escala sin nada debajo del listón. El listón puede estar a cualquier altura. Lo que falta es el suelo. Un trabajo que se queda algo corto no vale algo menos, vale cero. No hay ninguna franja llamada suficiente donde archivar nada, así que una persona de criterio fiable puede decir que ya está y la frase no tiene dónde aterrizar.
Ese último detalle es el que sirve para distinguir, y casi siempre se archiva como inseguridad. No es inseguridad. La tranquilización falla porque la escala no tiene ninguna posición que esa frase pueda ocupar.
En el lado de la medición existe un mapa de todo esto, con sistemas de dimensiones que se remontan a 1990 y una discusión larga sobre qué partes merecen el nombre. Esa historia está en la entrada sobre perfeccionismo. Aquí hace el trabajo un único hallazgo salido de ahí.
Quién define aquí el suficiente
Esto va como observación de uso y no como hallazgo, pero cambia bastante lo difícil que resulta poner un suelo por escrito.
En castellano los dos extremos vienen cargados de moral y el medio no. Una chapuza no es una descripción técnica, es un juicio sobre quien la hizo. Perfecto está en el otro extremo y también se dice de personas. Entre los dos quedan palabras que suenan todas a disculpa: apañado, aceptable, va tirando, suficiente a secas. Es decir, el idioma ofrece dos posiciones con peso y deja la franja intermedia en manos de términos que se usan pidiendo perdón.
Quien intenta anunciar un suelo se encuentra con eso de inmediato. Decir que algo está apañado y entregarlo suena a confesión, no a decisión.
Y existe un sitio, uno solo, donde el suelo lo pone otro con una cifra. La nota de corte. Cientos de miles de personas se preparan unas oposiciones en las que el umbral está publicado, el examen tiene fecha y la entrega termina cuando suena la hora. Merece la pena mirar a quién vemos ahí: gente que es incapaz de dar por cerrado un informe propio y que sin embargo entrega el examen, porque el examen se acaba. No es que tengan una relación distinta con la calidad. Es que en ese caso el suelo existe, es ajeno y es comprobable, y por lo tanto se puede alcanzar.
Conviene añadir lo que ese caso no demuestra, porque la objeción es inmediata. Saber dónde está el corte no vuelve peor a quien aprueba. Nadie prepara dos años una oposición apuntando al mínimo publicado, y aun así el mínimo publicado es lo que permite cerrar el tema un día concreto. Umbral y puntería son dos cifras distintas, y la confusión entre las dos es casi todo el problema que describe esta pieza.
Todo lo que viene después de este apartado es un intento de fabricar eso mismo para el trabajo que nadie te va a cronometrar.
Las dos mitades no predicen lo mismo
Lo que han producido cuarenta años de cuestionarios, más que ninguna otra cosa, es una división. Un componente es el afán: listón alto, objetivos ambiciosos, que te importe dónde está la marca. El otro es el temor: miedo a equivocarse, duda sobre si algo está bien, la sensación de que quedarse corto dice algo de la persona y no del borrador. Correlacionan. Se separan, y en cuanto se separan dejan de comportarse igual.
Daniel Madigan agrupó en 2019 treinta y siete estudios y 8.901 estudiantes y encontró que el afán tenía una relación positiva pequeña a mediana con el rendimiento académico, una correlación de 0,24, mientras que el temor tenía una relación negativa pequeña. Andrew Hill y Thomas Curran habían encontrado el emparejamiento inverso para el burnout en 2016, con cuarenta y tres estudios y 9.838 personas: el temor mostraba relaciones positivas de mediana a grande con el agotamiento y sus síntomas, y el afán relaciones negativas pequeñas o no significativas.
Así que una mitad va con rendir mejor y no estar agotado. La otra va con estar agotado y rendir un poco peor.
Hay dos hechos incómodos y dejarlos fuera sería el mismo error del revés.
El primero viene del trabajo. Dana Harari y sus colegas agruparon la literatura organizacional en 2018 y encontraron que ninguna de las dos mitades del perfeccionismo se relacionaba significativamente con el desempeño laboral, mientras que las dos se relacionaban con la motivación, la implicación y más horas. En claro: en el trabajo el miedo no está comprando rendimiento y, con esa evidencia, el afán tampoco. Lo que el miedo compra con fiabilidad es la columna del agotamiento.
El segundo es longitudinal. Smith y sus colegas pusieron a prueba en 2021 sesenta y siete estudios longitudinales y 20.583 personas. El temor y los síntomas depresivos se alimentaban en los dos sentidos. El afán también confería cierta vulnerabilidad a síntomas depresivos posteriores, aunque no al contrario. Así que preocuparse mucho por dónde está la marca no sale gratis. Lo que no es, es el motor del sufrimiento.
La parte que nadie espera: se termina menos
Aquí es donde el trato que la persona cree estar haciendo se deshace del todo.
Fuschia Sirois y sus colegas volvieron a agrupar en 2017 la literatura sobre procrastinación, esta vez con el perfeccionismo partido en sus dos mitades. El miedo a equivocarse correlacionaba positivamente con dejar las cosas para después, 0,23 en cuarenta y tres muestras y unas 10.000 personas. El afán correlacionaba negativamente, menos 0,22 en treinta y ocho muestras y 9.544 personas. Las dos relaciones se mantuvieron después de descontar la varianza que las dos mitades comparten.
El signo del segundo número es la parte que vale la pena sostener un rato. El listón alto está asociado a empezar antes. Lo que retrasa es el miedo, y el miedo es la mitad que todo el mundo conserva.
Hay un motivo por el que esto no apareció limpio hasta 2017. El metaanálisis de Piers Steel de 2007, que trataba el perfeccionismo como una sola cosa, lo encontró sin relación alguna con la procrastinación, que es más o menos lo que ocurre cuando dos efectos de signo contrario se promedian en una columna.
Conviene mirar cómo se fabrica el retraso, porque desde dentro nada de esto parece retraso. No se empieza, porque todavía no se ve la manera de hacerlo lo bastante bien, y el no empezar se lee como preparación. La revisión sigue pasado el punto en que los cambios dejan de ser mejoras, y eso se lee como cuidado. Algo que estaba listo hace una semana sigue retenido por una última cosa que arreglar, y eso se lee como tener criterio. Un encargo que se podía hacer razonablemente se rechaza antes que hacerlo a un nivel insoportable, y eso se lee como integridad.
Cuatro formas de diligencia, y el resultado medible de las cuatro es menos cosas terminadas, más tarde y con más ansiedad pegada a cada una.
Lo que no llegó a empezarse no aparece en ningún registro de lo que una persona ha producido.
La factura sigue siendo invisible por un motivo estructural más que psicológico. La producción se cuenta. La ausencia no.
| Lo que produce el mecanismo | Dónde aparece |
|---|---|
| Una cuarta revisión de algo que estaba listo en la segunda | En ningún sitio. Se lee como cuidado y esas horas no se imputan a nada |
| Un proyecto empezado tres semanas más tarde de lo posible | Como un plazo cumplido, que es la forma en que el retraso sigue financiándose |
| Trabajo que estaba listo y se quedó una semana parado | En ningún sitio. Un borrador sin enviar no tiene línea en ningún sistema que cuente |
| Una oportunidad rechazada porque no se podía hacer en condiciones | En ningún sitio, y se lee como criterio en vez de como evitación |
| El trabajo terminado | En todas partes, con elogio incluido. Es la única columna que alguien ve |
Veinte años de esto pueden pasar sin que nadie, incluida la persona que lo sostiene, vea nunca un extracto.
El suficiente tiene que poder comprobarse
La instrucción habitual es que te importe menos, que además de inútil no está disponible. El movimiento que sí sirve es más estrecho y un poco raro: el suficiente tiene que dejar de ser una sensación.
Mientras sea una sensación no puede llegar. Quien tendría que emitirla es el mismo sistema que está juzgando, y ese sistema no la emite. De ahí que más evidencia no haya servido nunca, que diez años de buenas evaluaciones no muevan nada, y que gente con trayectorias genuinamente notables describa su propio trabajo en registro de disculpa leve.
Entonces el suelo se saca fuera de la persona, por escrito, antes de que el trabajo empiece. Tres propiedades y el orden importa. Escrito, para que pueda leerlo alguien que no está en el estado de ánimo que lo produjo. Decidido antes, cuando la cosa todavía no existe y no hay nada por lo que ponerse nervioso. Y con hora, para que lo cierre un reloj y no una sensación de completud.
Eso es un cambio en la escala, no en el objetivo. El objetivo puede quedarse exactamente donde estaba.
Fuera del trabajo se ve mejor. Una foto suficientemente buena para mandarla a quienes estaban allí. Una disculpa que dice lo que hay que decir y se detiene. Una cena que da de comer a seis. Ninguna de las tres baja ningún estándar y las tres tienen suelo.
La regla se aprendió, y el elogio la enseña igual de bien que la crítica
Esto suele venir de algún sitio, y el sitio no es misterioso.
Curran y Hill publicaron dos metaanálisis en 2022. El primero, con veintiún estudios y más de 7.000 estudiantes, encontró que las expectativas y la crítica parentales percibidas se asociaban de forma moderada con las formas del perfeccionismo dirigidas a uno mismo y a los demás, y de forma fuerte con la forma socialmente prescrita, la que funciona con lo que se cree que los demás exigen. El segundo agrupó ochenta y cuatro estudios y 23.975 estudiantes entre 1989 y 2021 y encontró que las expectativas, la crítica y la presión parental combinada subieron durante esas tres décadas, y que lo que subía más rápido eran las expectativas. Las muestras son de estudiantes estadounidenses, canadienses y británicos, y no hay serie equivalente en español, así que la tendencia no debería darse por universal.
Ahora la parte contraintuitiva, la que se cae de casi todos los relatos. La dureza no es un requisito. El elogio hace este trabajo al menos igual de bien.
Assor, Roth y Deci preguntaron en 2004 a estudiantes universitarios por el afecto parental recibido de forma condicional, incluida la versión cálida en la que la aprobación llegaba fiablemente después del logro. Aquello se asociaba con una sensación de obligación interna, con una autoestima que subía y bajaba con el resultado, con vergüenza y culpa después de un fallo, y con resentimiento hacia los padres. La aprobación condicional enseña la condición. Eso es toda la lección, y el cariño no la suaviza.
La versión experimental es más antigua y más tosca. Mueller y Dweck hicieron en 1998 seis estudios en los que se elogiaba a niños por su inteligencia en lugar de por su esfuerzo. Después aquellos niños elegían tareas más fáciles, disfrutaban menos del trabajo y rendían peor en cuanto algo salía mal. Enseñar que el resultado refleja lo que eres es una educación completa en por qué el resultado no puede salir mal nunca.
Un niño que deduce que las notas son la parte de él que queda registrada no concluye que conviene trabajar duro. Concluye que el estándar es lo que vale, y esa conclusión sobrevive décadas a la habitación que la enseñó.
Es una explicación y no una excusa, y la distinción es práctica antes que moral. Un carácter se mueve con dificultad. Una regla aprendida puede revisarla el adulto que la sigue aplicando, en habitaciones donde ya no es verdad.
Qué baja, al final
Nada de esto es un diagnóstico. El perfeccionismo es un rasgo y no hay ninguna entrada de manual que cumplir, lo que también significa que no existe umbral a partir del cual alguien tenga derecho a considerarlo un problema.
Para la mitad que sí conviene tratar hay evidencia de ensayos. Galloway y sus colegas revisaron en 2022 los ensayos controlados aleatorizados de terapia cognitivo-conductual para el perfeccionismo y encontraron que reducía el perfeccionismo junto con síntomas de ansiedad, depresión y trastornos alimentarios, sin diferencia clara entre la versión presencial y la versión por internet. Los ensayos son en su mayoría pequeños y los resultados en su mayoría autoinformados, y eso conviene saberlo antes de tratar el asunto como zanjado.
El detalle relevante es a qué apunta el tratamiento. No al estándar. Ni a la ambición, ni al cuidado, ni a la parte de alguien que quiere que la cosa esté bien. Lo que se pone a prueba es la predicción: que quedarse corto significará lo que siempre ha parecido significar. La predicción suele ser concreta, suele ser falsa, y la única manera de averiguarlo es haber dejado salir algo en la línea en lugar de en la sensación.
Al lado de esto hay tres cosas más que se confunden con ella constantemente. Una es el hueco entre cuánta ansiedad está corriendo y cuán poco se ve. Otra es a quién se le atribuye el mérito del trabajo que salió bien. Otra es el orden entre lo que necesitan los demás y lo que necesitas tú. Que coincidan las cuatro es lo corriente, y ninguna responde al manejo que le va bien a otra, así que llevar lo que realmente ocurre funciona mejor que llevar la etiqueta.
Lo que baja, al final, no es el listón. Es la afirmación de que todo lo que queda por debajo no vale nada, y esa afirmación nunca estuvo sosteniendo nada. La escala con suelo es la que produce trabajo durante cuarenta años sin mandar factura.
Sources
- Madigan, D. J. (2019). A meta-analysis of perfectionism and academic achievement. Educational Psychology Review, 31.
- Hill, A. P., Curran, T. (2016). Multidimensional perfectionism and burnout: a meta-analysis. Personality and Social Psychology Review, 20(3).
- Harari, D., Swider, B. W., Steed, L. B., Breidenthal, A. P. (2018). Is perfect good? A meta-analysis of perfectionism in the workplace. Journal of Applied Psychology, 103(10).
- Smith, M. M., Sherry, S. B., Ray, C., Hewitt, P. L., Flett, G. L. (2021). Is perfectionism a vulnerability factor for depressive symptoms, a complication of depressive symptoms, or both? A meta-analytic test of 67 longitudinal studies. Clinical Psychology Review, 84.
- Sirois, F. M., Molnar, D. S., Hirsch, J. K. (2017). A meta-analytic and conceptual update on the associations between procrastination and multidimensional perfectionism. European Journal of Personality.
- Steel, P. (2007). The nature of procrastination: a meta-analytic and theoretical review of quintessential self-regulatory failure. Psychological Bulletin, 133(1).
- Curran, T., Hill, A. P. (2022). Young people's perceptions of their parents' expectations and criticism are increasing over time: implications for perfectionism. Psychological Bulletin, 148(1-2).
- Assor, A., Roth, G., Deci, E. L. (2004). The emotional costs of parents' conditional regard: a self-determination theory analysis. Journal of Personality, 72(1).
- Mueller, C. M., Dweck, C. S. (1998). Praise for intelligence can undermine children's motivation and performance. Journal of Personality and Social Psychology, 75(1).
- Galloway, R., Watson, H., Greene, D., Shafran, R., Egan, S. J. (2022). The efficacy of randomised controlled trials of cognitive behaviour therapy for perfectionism: a systematic review and meta-analysis. Cognitive Behaviour Therapy, 51(2).