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Perfeccionismo (y autoexigencia)

Los dos componentes que la investigación separa una y otra vez, cuál de los dos predice el problema, por qué «perfeccionismo sano» es una etiqueta discutida y qué hacer con la mitad que solo es responsabilidad.

Ciencia de la personalidad

El perfeccionismo es el único rasgo de personalidad que la gente ofrece como defecto para que la contraten. Eso solo ya indica que la palabra está haciendo dos trabajos a la vez.

La literatura de medida lleva treinta años separándolos y aterriza siempre en el mismo sitio. Hay un componente de exigencia —listón alto, metas ambiciosas, apetito por la versión difícil— y un componente de preocupación: miedo a equivocarse, duda sobre las propias acciones, la sensación de que el aprecio ajeno depende del resultado. Lo primero es lo que la gente quiere decir cuando lo menciona en una entrevista. Lo segundo es lo que la lleva a terapia, y los dos viajan juntos mucho más a menudo de lo que admite la versión halagadora.

Los dos componentes

Dos cuestionarios de 1990 y 1991 fijaron los términos, y llegaron a respuestas solapadas por caminos distintos.

Frost y sus colegas partieron el rasgo en dimensiones: estándares personales, preocupación por los errores, dudas sobre las acciones, expectativas de los padres, crítica de los padres y organización. Los análisis factoriales posteriores las han ido plegando en el par de arriba, con la organización bastante por su cuenta. Esa estructura no es una importación sin comprobar: Gavino, Nogueira, Pérez-Costillas y Godoy adaptaron la escala de Frost al castellano y la probaron en 2019 sobre 1.648 menores y adolescentes españoles, con la estructura invariante por sexo y edad y consistencias internas comparables a las del original. Para medir esto en español no hace falta traducir nada por tu cuenta, y conviene saberlo antes de rellenar el primer test que aparezca en un buscador.

Hewitt y Flett lo cortaron por para quién es el listón: orientado a uno mismo (yo debo), orientado a otros (tú debes) y socialmente prescrito (me lo exigen). El tercero es el que peor se porta. Un listón que pones tú es negociable. Un listón que crees que alguien sostiene sobre ti no lo es, porque ni lo pusiste ni puedes revisarlo.

La traducción práctica: no preguntes cuán alto está tu listón, pregunta de quién es y qué significa fallarlo. Quien tiene estándares altos y falla uno tiene una mala semana. Quien tiene preocupación alta y falla uno tiene una prueba.

Autoexigencia: la palabra que tapa la mitad mala

Aquí el castellano hace algo que el inglés no hace, y que cambia cómo se lee el resto de la página.

En inglés todo esto vive dentro de una sola palabra, perfectionism, que al menos suena a exceso. En castellano la lengua ya repartió el trabajo en dos: perfeccionismo nombra el resultado —el acabado, el detalle, lo que se ve— y autoexigencia nombra la presión, lo que pasa dentro. Y las dos palabras tienen cargas morales opuestas. «Es muy perfeccionista» puede decirse con fastidio. «Es muy autoexigente» casi nunca se dice con fastidio: se dice con respeto, se escribe en una carta de recomendación, se elogia en un adolescente y se ofrece como virtud en una entrevista de trabajo, donde es la respuesta de manual a la pregunta por el mayor defecto.

El problema es que autoexigencia, tal como se usa, describe con bastante precisión el componente de preocupación: el que Limburg y sus colegas encontraron relacionado en 2017 con ansiedad, depresión, síntomas obsesivo-compulsivos y trastornos de la conducta alimentaria, en un metaanálisis donde la exigencia por sí sola mostraba relaciones mucho más débiles y a veces protectoras. La lengua le puso el nombre bonito a la mitad que hace daño.

De ahí sale una comprobación que en inglés no hace falta y aquí sí. Cuando alguien te diga, o te digas, «es que soy muy autoexigente», haz la pregunta de la sección anterior: ¿esto describe un listón, o describe lo que ocurre cuando no lo alcanzas? Si lo segundo, la palabra está funcionando como un elogio sobre un síntoma, y lleva años haciéndolo sin que nadie la pare.

Un apunte de uso, que es una observación sobre la lengua y no un hallazgo: la exigencia alta no se lee igual en todos los países hispanohablantes, y en varios se elogia con más entusiasmo dentro de la familia que dentro de la empresa. Las dimensiones de Frost que apuntan a los padres —expectativas y crítica— no están ahí por casualidad.

¿Existe el bueno?

Esta es la parte discutida, y las páginas que te venden el «perfeccionismo sano» como marca personal se la saltan.

Stoeber y Otto revisaron en 2006 la literatura sobre concepciones positivas y encontraron el patrón con el que trabaja hoy casi todo el campo: la exigencia perfeccionista, una vez que se quita estadísticamente la preocupación, se porta bien —acompaña a la responsabilidad, al logro y al afecto positivo—; la preocupación perfeccionista acompaña a la ansiedad, la depresión, la procrastinación y la baja autoestima. Dos componentes, dos direcciones.

Dos matices importan, y son la razón para no adoptar «sano» como autodescripción.

La resta es estadística, no biográfica. En personas reales los dos componentes correlacionan. Esa exigencia limpia y beneficiosa es lo que queda después de que una regresión retire la preocupación, y tú no puedes correr una regresión sobre tu propia vida. La mayoría de quienes exigen mucho llevan encima algo de lo otro.

La mitad preocupada no es un correlato menor. Es lo que se trata cuando un clínico trata el perfeccionismo, y por eso existen protocolos para ello.

Así que la versión honesta no es «hay dos tipos de perfeccionista». Es: la parte del perfeccionismo que te ayuda es la responsabilidad, que ya tiene nombre y ya tiene una puntuación en los cinco grandes. Lo que la palabra añade encima de la responsabilidad es el miedo. Si le quitas el miedo y la etiqueta te sigue pareciendo necesaria, probablemente estés describiendo una ética de trabajo.

Un hallazgo más que conviene tener, con su etiqueta de procedencia puesta. Curran y Hill juntaron en 2019 casi tres décadas de cohortes de estudiantes y encontraron las tres formas de Hewitt y Flett al alza, con la socialmente prescrita —la de me lo exigen— subiendo más deprisa. Esas cohortes son de Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, y en español el titular circula sin esa coletilla, como si fuera un dato sobre tu país. No lo es. Lo que sí viaja del artículo es la dirección del dedo: sea lo que sea lo que genera esto, apunta hacia fuera tanto como hacia dentro.

Qué cuesta, en el orden en que lo cuesta

El problema casi nunca llega como trabajo mal hecho. Llega como tres cosas que parecen no tener relación entre sí.

Retraso. El hallazgo fiable sobre perfeccionismo y procrastinación es que lo predice la mitad preocupada y no la exigente. No se empieza, porque empezar produce un borrador, y un borrador es un error que se puede enseñar. Lo que ocupa el hueco está descrito en rumiación, y por qué darle vueltas a todo no es un rasgo de carácter lo cuenta desde dentro.

Revisión que no es mejora. Pasado cierto punto, las ediciones dejan de cambiar la calidad y empiezan a administrar la ansiedad. La pregunta útil es si la última hora mejoró la cosa o mejoró cómo te sentías respecto a la cosa.

Una definición estrecha de suficiente. Esta es la que conecta con el agotamiento. Si una tarea tiene exactamente un desenlace aceptable y es la mejor versión, entonces ningún día termina en éxito: termina en todavía no me han pillado. Eso es una demanda que no se levanta nunca, que es la condición que describe burnout y la razón por la que el perfeccionismo aparece como predictor en casi todos los estudios de burnout laboral.

Qué cambiar, si acaso

La instrucción que la gente recibe es baja el listón, y no funciona, porque el listón lo viven como la parte buena y no les falta razón del todo.

Cambia la otra variable: qué se le permite significar a un fallo. El componente de exigencia sobrevive intacto a un error; el de preocupación lo convierte en una afirmación sobre ti. La intervención con mejor respaldo —la que usan los tratamientos cognitivo-conductuales del perfeccionismo clínico— no es bajar el objetivo sino ponerlo a prueba: haz la cosa al 85%, entrégala y averigua qué pasa de verdad. La predicción suele ser muy concreta y suele ser falsa, y la única forma de saberlo es haber entregado.

El segundo movimiento es poner el listón por tarea y no por persona. Quien tiene un único estándar global se lo aplica igual a un informe para el consejo y a un correo interno. Quien lo tiene por tarea gasta el perfeccionismo donde rinde y deja que el correo sea un correo. Eso es una habilidad de planificación antes que un cambio de carácter, y por eso se aprende.

Si el estándar que estás fallando es uno que crees que sostiene otra persona, comprueba si lo sostiene. El perfeccionismo socialmente prescrito es la forma que más veces se construye con inferencias y no con frases dichas, y límites personales es la entrada para lo que pasa cuando la exigencia inferida no se verifica nunca en voz alta. El test de sobrepensamiento lee el bucle que corre antes de decidir; el Burnout Check lee lo que cuesta cuando ese bucle no cierra.

fuentes

  • · Frost, R. O., Marten, P., Lahart, C., Rosenblate, R. (1990). The dimensions of perfectionism. Cognitive Therapy and Research.
  • · Hewitt, P. L., Flett, G. L. (1991). Perfectionism in the self and social contexts: conceptualization, assessment, and association with psychopathology. Journal of Personality and Social Psychology.
  • · Stoeber, J., Otto, K. (2006). Positive conceptions of perfectionism: approaches, evidence, challenges. Personality and Social Psychology Review.
  • · Limburg, K., Watson, H. J., Hagger, M. S., Egan, S. J. (2017). The relationship between perfectionism and psychopathology: a meta-analysis. Journal of Clinical Psychology.
  • · Curran, T., Hill, A. P. (2019). Perfectionism is increasing over time: a meta-analysis of birth cohort differences from 1989 to 2016. Psychological Bulletin.
  • · Gavino, A., Nogueira, R., Pérez-Costillas, L., Godoy, A. (2019). Psychometric properties of the Frost Multidimensional Perfectionism Scale in Spanish children and adolescents. Assessment.

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