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Pareja sin sexo

No hay una definición aceptada en español de cuánto tiempo cuenta, y eso importa menos de lo que parece. Qué suele haber debajo y por qué el sexo no es lo primero que se arregla.

Ciencia de las relaciones

Una pareja sin sexo es aquella en la que la actividad sexual compartida se ha detenido o ha quedado reducida a algo esporádico. En español no existe un umbral aceptado que diga a partir de cuándo cuenta, y conviene saberlo antes de buscar uno: los números que circulan en artículos traducidos vienen de convenciones de investigación hechas en otros países.

El dato que sí decide algo no es la frecuencia. Es si las dos personas quieren lo mismo y si pueden decirlo. Dos parejas con la misma cifra en el calendario pueden estar en situaciones opuestas, y lo que las separa es la discrepancia, no el recuento.

¿Cuánto tiempo cuenta? La pregunta está mal hecha

Los umbrales existen, pero son herramientas de investigación y no diagnósticos, y no coinciden entre sí.

El más citado en inglés viene del trabajo de Denise Donnelly de 1993 y sitúa la línea en menos de diez veces al año. En Japón, donde el fenómeno tiene nombre propio y encuestas continuadas, la sociedad científica de sexología trabaja con un mes sin relaciones ni contacto equivalente, salvo causa justificada. Entre una cosa y la otra hay un orden de magnitud. No pueden ser las dos la definición de lo mismo, y no lo son: son dos reglas de recuento hechas para poder contar.

En español no ha cuajado ninguna, y eso no es un vacío que haya que rellenar. Un umbral responde a la pregunta equivocada, porque la pregunta que trae la gente no es si encaja en una categoría, es si lo que le pasa es grave. Y para eso la frecuencia sirve poco: hay parejas por debajo de cualquier umbral que están bien, y parejas por encima en las que uno de los dos lleva años tragando.

Hay además una tendencia de fondo que sí está documentada. Twenge y colegas midieron un descenso claro de la frecuencia sexual entre personas adultas en Estados Unidos a lo largo de las últimas décadas, presente tanto en casadas como en solteras. Lo que sea que esté pasando no es un problema del matrimonio. De la prevalencia en España o en América Latina no hay nada comparable: lo que se publica suele venir de encuestas de marcas de preservativos o de aplicaciones, útiles para un titular y no para situarse.

El español no tiene una palabra para esto, y eso cambia la conversación

El inglés tiene un sustantivo que nombra a la pareja entera: sexless marriage. El español tiene «sequía», que es una broma, y tiene deseo sexual hipoactivo, que es una etiqueta clínica y nombra a una persona.

Esa diferencia no es de vocabulario. Decide quién es el problema. Cuando lo único disponible para nombrar la situación describe a un individuo con poco deseo, la conversación se convierte casi automáticamente en una evaluación de quién tiene menos, y uno de los dos pasa a ser el paciente mientras el otro pasa a ser el demandante. Desde ahí ya no se puede hablar: cualquier cosa que diga quien tiene menos deseo suena a excusa y cualquier cosa que diga el otro suena a factura.

La reformulación que funciona es aburrida y cambia bastante. No es que alguien tenga poco deseo: es que hay una distancia entre dos deseos, y la distancia es de los dos. Es también la forma en que lo plantean los enfoques de terapia sexual con más recorrido, y la razón de que la primera pregunta útil no sea cuánto, sino qué significa el sexo para cada uno —— que es el mismo terreno que cómo recibe cada uno el afecto.

Lo que suele haber debajo

Rara vez es una sola cosa, y casi nunca la que la pareja nombra primero.

Discrepancia de deseo. El punto de partida más común. No es ausencia de deseo sino diferencia de nivel: quien tiene menos empieza a evitar el momento de la propuesta y quien tiene más empieza a leer cada negativa como un veredicto sobre sí mismo.

Dar por hecho que el deseo es espontáneo. El trabajo de Rosemary Basson y de Emily Nagoski resuelve aquí bastante sufrimiento. Para mucha gente, y particularmente aunque no solo para mujeres, el deseo es responsivo: aparece después de que empiece la excitación, no antes. Una pareja que espera a que a los dos les apetezca a la vez, de la nada, antes de empezar nada, puede estar esperando un mecanismo que solo uno de los dos tiene.

Conflicto sin reparar. El resentimiento acumulado durante años no se queda en su compartimento. Es la causa de fondo más frecuente en la literatura de terapia de pareja y la que menos veces se presenta como el motivo de consulta.

Carga de vida. Criaturas pequeñas, turnos, enfermedad, cuidado de mayores, cansancio crónico. Y un reparto desigual de todo eso, que es el detalle que convierte el cansancio en resentimiento.

Causas médicas y farmacológicas. Antidepresivos del grupo ISRS, anticoncepción hormonal, tiroides, menopausia, dolor. Merece la pena descartarlas pronto y no tarde, porque es la categoría donde a veces la solución es sencilla.

Significados distintos. Para uno el sexo es la forma de crear cercanía; para el otro es lo que la cercanía produce. Cada uno espera que el otro empiece, y los dos viven la espera como rechazo.

El débito conyugal y por qué programar sexo sale mal

Hay una idea que sigue rondando la conversación en español mucho después de haber salido del derecho: el débito conyugal, la obligación de mantener relaciones con el cónyuge. Fue doctrina canónica y durante mucho tiempo sentido común jurídico, y aunque hoy no se sostiene en ningún sitio —— el consentimiento no se debe, y la violación dentro del matrimonio es delito —— el marco de la deuda sobrevive en cómo se discute: alguien reclama lo que le corresponde y alguien incumple.

Ese marco es el que hace fracasar la solución más intentada, que es programar. Poner el sexo en el calendario funciona en algunas parejas y falla en muchas por una razón previsible: en el momento en que la frecuencia es el objetivo, el acto se convierte en algo que se cumple, y el deseo por lo que se ha vuelto obligatorio no sube.

Dos movimientos tienen mejor historial. El primero es separar durante un tiempo el afecto físico del sexo por completo, de modo que tocarse deje de arrastrar una expectativa y pueda disfrutarse otra vez por sí mismo. El segundo es tener la conversación sobre qué quiere cada uno —— frecuencia, tipo, significado —— lejos de la cama y lejos de los minutos posteriores a una negativa. Debajo de casi todas estas conversaciones hay necesidades emocionales que nunca se formularon como tales.

Es también uno de los casos más claros para pedir ayuda profesional. La terapia sexual tiene evidencia razonable detrás, trabaja en plazos más cortos de lo que la gente supone, y es el nivel adecuado cuando el patrón lleva años o cuando se sospecha una causa médica.

Cuándo no es un problema

Si a los dos les parece bien, no es un problema y no necesita solución. Una relación platónica acordada funciona, y para una persona asexual el eje nunca estuvo ahí. El acuerdo de los dos está por encima de cualquier umbral, y es justamente lo que ningún recuento puede detectar.

El problema aparece cuando a uno de los dos no le parece bien y no lo ha dicho. Ese estado se sostiene años y rara vez termina solo: suele acabar en distancia, en infidelidad emocional o en una ruptura que sorprende a una sola de las dos personas —— precisamente a la que nunca recibió la información.

Así que la comprobación no es cuántas veces. Es si alguna vez se ha hablado de esto en serio y si los dos dijeron la verdad. Si no se ha hablado, lo que hay no es un acuerdo: es un silencio que se parece a un acuerdo desde fuera.

fuentes

  • · Donnelly, D. A. (1993). Sexually inactive marriages. Journal of Sex Research — the source of the common definition.
  • · Twenge, J. M., Sherman, R. A., Wells, B. E. (2017). Declines in Sexual Frequency among American Adults. Archives of Sexual Behavior.
  • · Nagoski, E. (2015). Come As You Are — on responsive versus spontaneous desire.
  • · Basson, R. (2000). The female sexual response: a different model. Journal of Sex & Marital Therapy.

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