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Pareja que no convive

Dos casas y una relación estable. Qué separa el acuerdo elegido del que impone la vivienda, por qué el registro de pareja de hecho queda fuera y qué se gana.

Ciencia de las relaciones

Una pareja que no convive es una pareja estable y comprometida que mantiene dos domicilios a propósito. La sociología lo llama living apart together, LAT, y el español no tiene todavía un nombre propio para ello: se describe con una frase —— vivir juntos pero separados —— y no con una palabra.

No es una relación a distancia. La distinción no es la distancia sino la intención: estas parejas suelen vivir lo bastante cerca como para verse a diario y han decidido no compartir dirección. Lo que define el arreglo es que alguien lo eligió, y ahí está la primera cosa que conviene aclarar en español, porque en España la mayoría de las parejas que no conviven no eligieron nada.

Cuando sí es una decisión, es el ejemplo más limpio que existe de renunciar a un solo paso de la secuencia que se da por supuesta —— la convivencia —— y conservar todos los demás, incluido el matrimonio.

Elegido o impuesto: la distinción que en español va primero

En inglés esta entrada se escribe como si no convivir fuese una decisión minoritaria y meditada. En España el caso dominante es otro. La edad de emancipación está entre las más altas de Europa, los precios del alquiler y la hipoteca hacen que la primera casa compartida sea también la primera casa a secas, y hay parejas de muchos años que siguen cada una en el piso de sus padres sin que nadie haya decidido nada.

Eso no es lo mismo, y mezclarlo estropea el resto del razonamiento. Una pareja que no convive porque no puede está esperando; una pareja que no convive porque lo prefiere está donde quiere estar. Las dos tienen dos direcciones postales y ninguna otra cosa en común: la primera acumula una espera que se cobra intereses, la segunda no espera nada.

La prueba práctica es sencilla y bastante incómoda: si mañana apareciera el dinero para un piso compartido, ¿lo cogeríais? Si la respuesta de los dos es que sí, el arreglo es una circunstancia. Si la de uno es que no, esa conversación lleva pendiente más tiempo del que parece.

Por qué el derecho lo deja fuera

El derecho español y el latinoamericano comparten un supuesto que casi nadie nota hasta que lo necesita: la convivencia es el requisito, no el papel.

En el matrimonio está escrito. El artículo 68 del Código Civil dice que los cónyuges están obligados a vivir juntos, y el 69 presume que lo hacen mientras no se demuestre lo contrario. Es un deber sin ejecución posible —— nadie va a obligar a nadie a mudarse —— y un matrimonio que vive en dos casas de mutuo acuerdo no pierde nada por ello. La presunción del 69 simplemente deja de operar, y lo que antes se daba por supuesto hay que acreditarlo.

Fuera del matrimonio la puerta se cierra del todo. Los registros autonómicos de pareja de hecho piden acreditar convivencia estable, habitualmente con un mínimo de tiempo o un hijo en común: una pareja que no convive no puede inscribirse, y con ello queda fuera de todo lo que cuelga de la inscripción. Lo mismo ocurre en la región: la unión convivencial argentina del Código Civil y Comercial de 2015, el concubinato de los códigos mexicanos y la unión marital de hecho colombiana de la Ley 54 de 1990 exigen las tres una comunidad de vida bajo el mismo techo. La figura entera está construida sobre la dirección compartida.

Queda un caso en el que el propio sistema fabrica parejas que no conviven. La pensión de viudedad se extingue al volver a casarse o al inscribirse como pareja de hecho, con excepciones tasadas por edad e ingresos. Una parte de las parejas mayores que mantienen dos casas no está expresando una filosofía de la autonomía: está calculando, y el cálculo sale.

Qué resuelve

Autonomía sin distancia. El beneficio más citado. El orden, los horarios, el ruido, el desorden, las horas a solas dejan de negociarse todos los días, y eso retira de la mesa buena parte de lo que discuten de verdad las parejas largas. Lo que queda por hablar es lo que importa, no la carga del lavavajillas.

Las familias que ya existen no se rompen. Los hijos no cambian de casa ni de colegio. La relación con la pareja del padre o de la madre crece a su ritmo en lugar de nacer de un contrato de alquiler.

Verse vuelve a ser una decisión. El tiempo juntos se elige cada vez en lugar de ocurrir por defecto. Es lo contrario del deslizamiento hacia la convivencia, ese paso que muchas parejas dan sin haberlo hablado nunca, y es la razón que más repiten quienes lo prefieren así.

El dinero se queda simple, lo que pesa sobre todo cuando hay hijos de relaciones anteriores o patrimonio anterior a la pareja. El trabajo de Benson y Coleman con adultos mayores encontró exactamente estos motivos: proteger la herencia de los hijos, no volver a ser cuidador a tiempo completo, conservar una casa hecha a lo largo de décadas y —— dicho una y otra vez —— no perder una autonomía que costó conseguir.

Qué cuesta

Dos casas cuestan más que una. Sin más. Es el motivo que más aparece cuando el arreglo termina.

La posición jurídica es débil y hay que construirla a mano. Sin matrimonio ni inscripción posible, no hay pensión de viudedad, ni herencia legal, ni condición de allegado evidente ante un hospital. Todo eso existe, pero hay que fabricarlo pieza a pieza: testamento, poderes para decisiones médicas, seguros con beneficiario designado, cuentas con las firmas bien puestas. Una pareja casada recibe ese paquete montado; esta lo monta o no lo tiene.

La enfermedad obliga a decidir lo que se había evitado. El arreglo funciona mientras los dos están bien. Una enfermedad seria plantea de golpe quién se muda, a qué casa y quién deja de trabajar, en el peor momento posible para pensarlo. Decidirlo antes es la única versión barata de esa conversación.

Explicar, siempre. La familia, los amigos y las ventanillas leen dos direcciones como una relación en crisis. En español la lectura por defecto de «viven separados» es que algo ha pasado, y corregirla cansa.

La ambigüedad, si nunca se acordó. Este es el fallo característico. Un arreglo que empezó por circunstancias y que nadie decidió conservar deja a una de las dos personas esperando a que termine mientras la otra cree que ya está resuelto. No se rompe por la distancia: se rompe porque los dos llevan años sin comprobar que están eligiendo lo mismo, y eso acaba saliendo por el lado del conflicto y la reparación en lugar de por donde debía. Comprobar qué has elegido y qué has consentido es, en el fondo, un asunto de dónde pones tus límites.

Un apunte sobre las cifras. Las encuestas británicas y europeas sitúan a un 9 o 10% de los adultos con pareja en una relación de este tipo, Levin sostuvo que era una forma de familia y no una etapa, y Duncan y Phillips comprobaron que estas parejas no puntúan más bajo en compromiso: el arreglo habla de vivienda, no de seriedad. Todos esos datos son británicos, nórdicos y estadounidenses. No hay una serie equivalente en español, y en España el dato estaría además contaminado por todas las parejas que no conviven porque no llegan.

fuentes

  • · Duncan, S., Phillips, M. (2010). People who live apart together (LATs) — how different are they? The Sociological Review.
  • · Levin, I. (2004). Living Apart Together: A New Family Form. Current Sociology.
  • · Benson, J. J., Coleman, M. (2016). Older adults developing a preference for living apart together. Journal of Marriage and Family.
  • · Strohm, C. Q., Seltzer, J. A., Cochran, S. D., Mays, V. M. (2009). Living Apart Together relationships in the United States. Demographic Research.

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