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Parejas interraciales y mixtas

Qué categoría organiza esto en español, qué encuentra la investigación sobre satisfacción y estabilidad, y por qué la tensión viene de fuera de la pareja.

Ciencia de las relaciones

Una relación interracial es la que forman dos personas de origen racial o étnico distinto. La definición es sencilla; lo que no es sencillo en español es la categoría. Aquí «interracial» llega prestado, y lo que se usa de verdad es otra cosa.

En España la estadística oficial no clasifica por raza: cuenta matrimonios entre español y extranjero, y a eso se le llama matrimonio mixto. Es decir, el dato está cortado por nacionalidad. En América Latina el corte tampoco funciona, por el motivo contrario: siglos de mestizaje hacen que la línea no pase entre familias sino a menudo dentro de la misma, entre hermanos de distinto color. La categoría que organiza el dato no es la que organiza la experiencia, y esa distancia es el primer problema de esta entrada en español.

«Aquí no hay racismo, todos somos mestizos»

Es la frase con la que empieza casi cualquier conversación sobre esto en español, y conviene mirarla de cerca porque tiene una parte cierta.

La historia no fue la estadounidense. En la América española la mezcla no se prohibió: se clasificó. El sistema de castas producía una taxonomía con nombre para cada combinación y un lugar asignado en la escala, y antes, en la península, los estatutos de limpieza de sangre habían condicionado cargos y honores al origen de los antepasados. No hubo un equivalente de las leyes que prohibieron casarse en dieciséis estados de EE. UU. hasta 1967: hubo una jerarquía que daba por supuesta la mezcla y la ordenaba.

La consecuencia llega hasta hoy en una forma reconocible. Lo que opera no es la prohibición, es el color como escala, y tiene su propio refrán: «mejorar la raza», dicho todavía en muchos sitios, sin pudor, y a menudo en tono de elogio a la pareja recién presentada. Esa frase es exactamente el rechazo familiar del que habla la investigación —— solo que en español no siempre se presenta como rechazo, sino como aprobación condicional. Es más difícil de nombrar en casa, y por eso hace más daño en silencio.

Qué encuentra la investigación, y sobre quién

Casi toda la literatura utilizable es estadounidense. Las cifras no se trasladan; el mecanismo probablemente sí.

La satisfacción es comparable. Los estudios que comparan parejas interraciales con parejas del mismo origen en satisfacción, compromiso y frecuencia de conflicto no encuentran diferencias relevantes. Cuando aparecen, son pequeñas e inconsistentes en la dirección.

Los datos de estabilidad están mezclados y confundidos. Algunos análisis encuentran tasas de ruptura algo mayores. Están muy contaminados por edad al casarse, estudios, renta y geografía, y por el hecho de que quien cruza una línea social se parece poco a quien no la cruza. El trabajo de Rosenfeld sobre endogamia lo dice bien: cruzar una frontera social correlaciona con cruzar otras, y con estar más lejos del apoyo de la familia en general.

La tensión que sí aparece viene de fuera. Lehmiller y Agnew, sobre relaciones socialmente desaprobadas, es el trabajo más directamente aplicable: la desaprobación percibida predice menor compromiso, y el mecanismo no es que los dos discrepen entre sí. Es el coste continuo de gestionar la reacción de los demás.

Esa es la conclusión que conviene llevarse. Estas parejas no tienen un problema de pareja distinto. Llevan una carga añadida que las otras no llevan, y la carga viene de fuera de la relación.

Como referencia de magnitud: en Estados Unidos, donde sí hay serie histórica, Pew calcula que alrededor de uno de cada seis matrimonios nuevos es interracial o interétnico, frente a uno de cada cincuenta en 1967, y la aprobación pública pasó de un 4% en 1958 a más del 90%. Es uno de los cambios de actitud más grandes jamás medidos sobre cualquier asunto. Es un dato estadounidense, y se cita como tal.

En qué consiste esa carga aquí

La investigación y los relatos coinciden, y en español la lista tiene dos entradas propias.

  • El rechazo de la familia, sobre todo al principio, y concentrado en la boda y en los hijos. Rara vez se enuncia como racismo: se enuncia como preocupación por el futuro, por «lo difícil que lo van a tener»
  • La pregunta por los hijos. «¿Y cómo van a salir?» es una pregunta sobre el color hecha en voz alta y admitida en casi cualquier mesa
  • La atención pública. Que te miren, que te pregunten cómo os conocisteis, que den por hecho que no vais juntos, que a uno de los dos le hablen despacio o le pregunten de dónde es «en realidad»
  • La exposición desigual. La persona del grupo más marginado carga con casi todo, y la otra con frecuencia no ve que esté ocurriendo. Es la principal fuente de conflicto dentro de estas parejas, y no va del origen de los dos: va de si uno se está quedando solo absorbiéndolo
  • El papeleo, cuando además hay dos nacionalidades. En España, casarse con una persona extranjera exige un expediente matrimonial en el que el Registro Civil entrevista a los dos, por separado, para descartar un matrimonio de complacencia. Es una comprobación legítima y es, a la vez, una conversación en la que hay que demostrar que la relación es verdad. Se repite en cada renovación de residencia, y la carga recae casi siempre en el mismo de los dos
  • Las diferencias culturales y religiosas que existirían entre dos familias cualesquiera y que aquí se atribuyen al origen

Nada de esto es la relación fallando. Son las condiciones en las que funciona.

Qué ayuda

Que la familia la enfrente quien es de esa familia. Es el consejo más constante de las parejas que salieron bien del rechazo: habla con tus padres tú, en lugar de dejar que tu pareja sea defendida por alguien que no está en la habitación. La desaprobación tratada como problema de los dos suele resolverse; la que absorbe uno solo, no.

Decir en voz alta la parte invisible. Quien no recibe las miradas ni las preguntas normalmente no sabe que han ocurrido. Nombrarlo no es una acusación, y no nombrarlo es exactamente donde se acumula el rencor.

Decidir lo de los hijos antes del momento de decidirlo. Idioma, religión, apellidos —— y en español los apellidos son dos, lo que no siempre encaja con el registro del otro país ——, dónde vivir, qué se les va a contar. Son preguntas ordinarias de compatibilidad que se aplazan porque pesan.

Separar la conversación cultural de la conversación sobre el origen. Buena parte de lo que se discute —— cómo se hacen las fiestas, qué se le debe a quién, si ser directo es una falta de respeto —— es cultural y pasaría entre dos familias cualesquiera con normas distintas. Separarlo hace las dos cosas más fáciles de hablar, y deja el asunto donde corresponde: en si esta pareja repara después de discutir, que es lo que de verdad predice el resultado, y en cómo discute cada uno.

El mismo mecanismo de desaprobación externa se ha medido en otras parejas poco aprobadas, como las de gran diferencia de edad. Lo que comparten no es la causa del rechazo, sino el sitio del que viene: de fuera.

fuentes

  • · Livingston, G., Brown, A. (2017). Intermarriage in the U.S. 50 Years After Loving v. Virginia. Pew Research Center.
  • · Lehmiller, J. J., Agnew, C. R. (2006). Marginalized relationships: the impact of social disapproval on romantic relationship commitment. Personality and Social Psychology Bulletin.
  • · Wu, K., Chen, C., Greenberger, E. (2018). Nonromantic and romantic interracial relationships. Journal of Social and Personal Relationships.
  • · Rosenfeld, M. J. (2008). Racial, educational and religious endogamy in the United States. Social Forces.

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