Alguien te pregunta cómo te sientes con eso y hay una pausa, y después llega algo que no es un sentimiento: un resumen de la situación, una evaluación de si la reacción es razonable, un chiste. O la versión honesta, que es no lo sé, dicha por alguien que visiblemente está sintiendo algo mientras lo dice.
El castellano tiene aquí una ayuda que conviene aprovechar, porque distingue mejor que el inglés. Me siento pide un adjetivo y nombra un estado: me siento sola, me siento pequeña, me siento aliviado. Siento que pide una oración y lo que trae detrás es un pensamiento: siento que no me han escuchado, siento que esto es injusto. Las dos son respuestas frecuentísimas a la pregunta y solo una contesta. Si lo que te sale detrás de siento es un que, lo que viene es una opinión sobre otra persona, y por eso la conversación no se cierra nunca.
Qué suele estar pasando
Nadie lo narró nunca delante de ti. Los niños aprenden esto oyéndolo hacer: un adulto diciendo estoy molesto porque he venido con prisa, y el estado recibiendo nombre en la habitación. En casas donde los sentimientos se gestionaban en vez de mencionarse, el niño se vuelve buenísimo detectándolos y nunca aprende a etiquetarlos. El resultado es un adulto que sabe en cuatro segundos que a su pareja le pasa algo y no puede decir qué está ocurriendo en su propio pecho.
Tu vocabulario emocional es pequeño de verdad, y eso se mide. La finura con la que una persona distingue entre sus propios sentimientos varía enormemente, y quien hace distinciones más finas se regula mejor. No porque nombrar sea mágico, sino porque frustrado por que me hayan interrumpido señala una acción y mal no señala ninguna. Y la ventaja se concentra en los estados desagradables, que es justamente donde hace falta.
Llegó como estado del cuerpo y estás buscando en el sitio equivocado. Para mucha gente la primera prueba es física —— la mandíbula, el estómago, los hombros —— y la etiqueta es una construcción posterior. Rebuscar entre tus pensamientos un sentimiento que ahora mismo está en tu cuello no devuelve nada. En qué orden pasan estas cosas cambia dónde hay que mirar. Y aquí el idioma empuja a favor: en castellano decir que te duele el estómago es una respuesta social aceptable donde estoy angustiado no siempre lo es, así que la ruta corporal está más practicada de lo que parece.
Tenerlo salía caro. En un entorno donde una reacción visible producía un resultado peor, difuminar la señal pronto es eficiente, y el difuminado no se apaga cuando cambia el entorno. Es una de las formas silenciosas del bloqueo y suele ir con quedarse en blanco bajo presión más que ser una condición aparte.
Hay una versión clínica y conviene saber la palabra. La alexitimia describe una dificultad marcada y persistente para identificar y describir sentimientos, y es una dimensión más que un diagnóstico. Si el hueco es total, de toda la vida, y viene con muy poca vida imaginativa por dentro, esa palabra es mejor búsqueda que esta página.
Y la honesta: a veces no hay gran cosa. No todos los momentos contienen una emoción nombrable, y que te exijan producir una en el acto alguien a quien tu silencio le resulta insatisfactorio es un problema social y no una carencia emocional. No mucho, sobre todo estoy cansada es una respuesta legítima que cierto tipo de conversación se niega a aceptar.
Qué hacer esta semana
- Pasa primero por el cuerpo. Dónde está, qué forma tiene, si está caliente o frío, si pesa o burbujea. La descripción física está disponible cuando las etiquetas no, y con frecuencia produce la etiqueta de propina unos diez segundos después.
- Usa dos ejes en vez de una palabra. Agradable o desagradable, mucha energía o poca. Cuatro cuadrantes es un instrumento tosco y le gana a bien por goleada: ya separa ansiosa de apagada, y molesta de triste.
- Consigue más palabras. Con veinte basta. La distancia entre molesto, resentido, humillado y decepcionado es la distancia entre cuatro movimientos siguientes completamente distintos, y mucha gente está pasando los cuatro por la misma palabra.
- Escríbelo en vez de decirlo. La exigencia de producir un sentimiento en tiempo real, en voz alta, con alguien mirando, es mucho más difícil que la misma tarea a solas y en papel, y bastante gente que no puede hacer lo primero hace lo segundo sin problema.
- Pregunta dónde y cuándo antes que por qué. ¿Por qué me siento así? invita a una teoría. ¿Dónde empezó esto hoy? suele devolver algo concreto —— un mensaje a las once, un tono en la comida ——, y el nombre tiende a venir detrás del hecho y no del análisis.
De qué depende
Las dos mitades de esta habilidad se separan limpiamente, y saber cuál tienes es casi todo el valor. Leer a los demás y leerse a uno mismo son capacidades distintas con puntuaciones distintas, y la combinación de alta en la primera y baja en la segunda es frecuentísima: es el perfil estándar de quien creció vigilando el tiempo atmosférico en una casa donde el tiempo importaba.
Una veintena de preguntas colocan la percepción, la regulación y el manejo social por separado, con ítems de situación en vez de autoevaluación pura, así que salen tres números y no un veredicto sobre si eres emocionalmente inteligente. Si lo que aparece casi siempre es una aspereza de fondo que no llega a ser enfado, eso suele venir de un sitio concreto, y si además el estado se te queda vacío en vez de confuso, la anestesia emocional es otra cosa con otra ruta.