La inteligencia emocional
Una expresión que cubre dos constructos distintos —— una capacidad que se puntúa con respuestas correctas y un conjunto de rasgos autoinformados —— y por qué la discusión sobre si el CE predice algo depende entera de cuál de los dos se midió.
Ciencia de la personalidad
La inteligencia emocional son dos cosas distintas bajo un mismo nombre, y casi todo desacuerdo sobre si es real, medible o útil viene de ahí.
La primera es una capacidad: con cuánta precisión identificas lo que significa una expresión, razonas sobre cómo se mezclan y cambian las emociones, y usas esa información en una decisión. Como cualquier capacidad, se puntúa contra una clave —— hay respuestas mejores que otras —— y se sitúa, estadísticamente, cerca del extremo verbal de la inteligencia general.
La segunda es un conjunto de rasgos y creencias sobre uno mismo: cuán estable, empático, asertivo y consciente de ti mismo dices ser. Se puntúa por autoinforme y queda cerca de los cinco grandes —— tan cerca que la pregunta interesante es qué queda una vez restados.
No son dos medidas de una cosa. Correlacionan débilmente, en torno a r = .2 o .3, que es lo que parecen dos constructos genuinamente distintos. Una persona puede puntuar alto en uno y bajo en el otro, y muchas lo hacen. Quien te dice cuál es «tu CE» sin decirte cuál de los dos midió te ha dicho menos de lo que parece.
Cómo entró la expresión en español
Peter Salovey y John Mayer acuñaron el término en un artículo de 1990 y se referían a la capacidad. Su modelo tiene cuatro ramas —— percibir emociones, usarlas para facilitar el pensamiento, comprenderlas y regularlas —— y su instrumento, el MSCEIT, se puntúa como un examen con respuestas correctas.
Después, en 1995, Daniel Goleman publicó el libro que todo el mundo conoce, y su versión es mucho más ancha: incorpora motivación, optimismo, control de impulsos, empatía y habilidad social —— una lista que se solapa con la responsabilidad, la estabilidad emocional y la extraversión —— y venía con un titular, repetido como cifra, según el cual el CE explica mucho más del éxito profesional que el CI. Esa cifra no salió de la literatura de medición, y el propio Goleman se ha distanciado de los números que llevan su nombre.
Y aquí hay un detalle español que no es irrelevante: la edición que circula es la de Kairós, Barcelona, 1996, un catálogo de espiritualidad, mindfulness, filosofía e ideas. El libro no llegó al estante de psicología, llegó al de al lado. Desde ahí la expresión se institucionalizó por una vía que el inglés no tiene con la misma fuerza: la educación emocional, que en España y en buena parte de América Latina es una línea de trabajo escolar con manuales, formación de profesorado y horas de tutoría.
La consecuencia es concreta. En español «inteligencia emocional» no es principalmente una palabra de empresa: es una palabra de colegio, y llega con la autoridad tranquila de algo que ya está en el currículo. Se llega a esta página dando por hecho que el constructo está resuelto, y la parte que no lo está es justamente la que se usa para decidir cosas.
Quien ordenó el lío fueron K. V. Petrides y Adrian Furnham en 2001: la inteligencia emocional autoinformada no es un intento fallido de medir una capacidad, sino un rasgo de personalidad legítimo que debe situarse dentro de las taxonomías de rasgos existentes y no junto a las cognitivas. Ese reencuadre es hoy el estándar, y por eso se distingue entre IE capacidad, IE rasgo y los híbridos comerciales, llamados IE mixta.
Qué mide el instrumento que se usa en español
Conviene bajar esto a un caso concreto, porque en español hay uno y es el que probablemente hayas respondido sin saber su nombre.
El TMMS-24 es la adaptación española de la Trait Meta-Mood Scale hecha por Fernández-Berrocal, Extremera y Ramos en 2004, en el grupo de la Universidad de Málaga. Son 24 ítems, ocho por dimensión, y las dimensiones son tres: atención a los propios sentimientos, claridad emocional y reparación emocional. Es el instrumento que aparece en tesis, en programas escolares y en talleres en español, con consistencias internas altas y estabilidad razonable a cuatro semanas.
Dos cosas se aprenden mirándolo.
La primera es que lo que se mide en español bajo esta etiqueta es IE rasgo: un autoinforme sobre creencias acerca del propio funcionamiento, con tres dimensiones. No es la lista de Goleman ni es un examen de capacidad. Si has visto un titular sobre «la inteligencia emocional» respaldado con un estudio español, lo más probable es que midiera esto.
La segunda va contra la intuición del taller: en atención, más no es mejor. La atención alta a los propios sentimientos sin claridad que la acompañe no se comporta como una virtud; tiende a asociarse con más malestar y con más rumiación —— mirar mucho hacia dentro sin entender lo que se ve es exactamente la descripción de un bucle. La dimensión que se comporta como uno esperaría de una «buena» puntuación es la claridad, y después la reparación. Un perfil de atención alta y claridad baja es común, es accionable, y una puntuación global lo borra.
Qué encontraron los metaanálisis
Los números de orden cero son menos espectaculares que el libro y menos sombríos que las críticas.
Las tres corrientes predicen el desempeño laboral, de forma moderada. O'Boyle y colegas (2011) estimaron validez en torno a .24 para la IE capacidad medida por rendimiento, .30 para la IE de capacidad autoinformada y .28 para la IE mixta. Son correlaciones normales y respetables en psicología de las organizaciones: ni nada, ni una rival de la capacidad cognitiva.
La IE capacidad importa más donde el trabajo es emocional. El metaanálisis de Joseph y Newman (2010) encontró que la relación con el desempeño era bastante más fuerte en puestos con alta carga emocional —— enfermería, ventas, atención al cliente, docencia —— y prácticamente nula en puestos con poca demanda emocional. Es de los hallazgos más sólidos del área y se cae sistemáticamente de las presentaciones de formación, porque implica que el taller es irrelevante para media sala.
La IE mixta predice, pero no por lo que dice. Este es el resultado más afilado. Joseph, Jin, Newman y O'Boyle (2015) preguntaron por qué los cuestionarios de autoinforme predicen el desempeño de forma tan decente, y al descomponerlos encontraron que son en gran parte un compuesto de responsabilidad, estabilidad emocional, extraversión, autoeficacia general y desempeño autoevaluado. Entre todo eso se iba el grueso de la predicción. La medida funciona; funciona como mezcla de cosas que ya tenían nombre.
Esa es la diferencia entre validez y validez incremental, y es toda la discusión. ¿Te dice una puntuación de IE algo que no supieras ya con una prueba cognitiva y un perfil de los cinco grandes? Para la IE mixta, la relación cae a cero una vez controlados esos constructos, y es el hallazgo del propio artículo, no la glosa de un crítico. Para la IE capacidad: un poco, de forma fiable, en trabajos emocionalmente exigentes. Antonakis, Ashkanasy y Dasborough (2009) son la versión más contundente del escepticismo, y su queja no es tanto que la IE sea falsa como que los estudios que dicen que predice el liderazgo casi nunca corrieron los controles que lo mostrarían.
Qué puede y qué no puede decirte un test de CE
Casi todo test de inteligencia emocional en internet, incluido el nuestro, es un cuestionario de autoinforme. Eso lo sitúa en el campo del rasgo y de lo mixto, con tres propiedades.
Mide tus creencias sobre tu funcionamiento emocional, no tu funcionamiento. La distancia entre las dos cosas es inusualmente ancha aquí, porque quien peor lee sus propios estados emocionales es también quien peor equipado está para informar de esa dificultad —— y la dificultad para nombrar lo que se siente, que en clínica se llama alexitimia, no se detecta desde dentro.
Los ítems son transparentes. Mantengo la calma bajo presión tiene una respuesta obviamente aprobada. Las puntuaciones suben en cualquier situación en la que el resultado pueda verlo otra persona, y por eso un autoinforme de IE es una base pobre para una decisión de contratación por bueno que sea como excusa para pensar.
Un único número esconde la estructura útil. Una puntuación global alta construida sobre serenidad autoevaluada, con comprensión emocional baja, es un patrón frecuente que un promedio borra.
Nuestro test de inteligencia emocional en el trabajo vale la pena por las puntuaciones de sección y conviene leerlo con todo lo anterior delante: es una autoevaluación ordenada de hábitos emocionales en el trabajo, no la medición de una capacidad, y el número de arriba es lo menos informativo de la página.
Qué merece la pena entrenar
La promesa comercial es que el CE, a diferencia del CI, se puede subir. Probablemente sea cierto en un sentido estrecho, y la evidencia es más delgada que la promesa.
Las partes que sí se mueven con práctica son concretas y poco lucidas. El vocabulario emocional se mueve: distinguir irritado de ansioso de agotado lleva a mejores decisiones de regulación, y es justo la dimensión de claridad del apartado anterior. Notar primero el cuerpo se mueve; la señal suele llegar como estado físico antes que como palabra, que es también lo que describe la entrada sobre agotamiento y trabajo cuando el aviso lleva meses llegando sin leerse. Y la pausa entre sentir y actuar se entrena como cualquier destreza, en momentos de poco riesgo. Lo que no se mueve de forma evidente es la capacidad de fondo para leer a otras personas con precisión.
La versión práctica es más estrecha que «sube tu CE» y más útil. Si tu trabajo es emocionalmente exigente, el lado de la capacidad merece atención real y la puntuación de rasgo te está hablando sobre todo de tu personalidad, que podrías haber medido directamente. Si no lo es, esto difícilmente sea la palanca que te contaron —— y un problema concreto, como qué haces en una discusión que vas perdiendo, se aborda mejor desde el resultado de estilo de conflicto que desde un número global. Si lo que hay debajo es que no sabes qué pedir, la entrada sobre necesidades emocionales es mejor sitio por donde empezar.
fuentes
- · Salovey, P., Mayer, J. D. (1990). Emotional intelligence. Imagination, Cognition and Personality, 9(3), 185–211.
- · Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ. Bantam Books.
- · Petrides, K. V., Furnham, A. (2001). Trait emotional intelligence: Psychometric investigation with reference to established trait taxonomies. European Journal of Personality, 15(6), 425–448.
- · Fernández-Berrocal, P., Extremera, N., Ramos, N. (2004). Validity and reliability of the Spanish modified version of the Trait Meta-Mood Scale. Psychological Reports, 94(3), 751–755.
- · Joseph, D. L., Newman, D. A. (2010). Emotional intelligence: An integrative meta-analysis and cascading model. Journal of Applied Psychology, 95(1), 54–78.
- · O'Boyle, E. H., Humphrey, R. H., Pollack, J. M., Hawver, T. H., Story, P. A. (2011). The relation between emotional intelligence and job performance: A meta-analysis. Journal of Organizational Behavior, 32(5), 788–818.
- · Joseph, D. L., Jin, J., Newman, D. A., O'Boyle, E. H. (2015). Why does self-reported emotional intelligence predict job performance? A meta-analytic investigation of mixed EI. Journal of Applied Psychology, 100(2), 298–342.
- · Antonakis, J., Ashkanasy, N. M., Dasborough, M. T. (2009). Does leadership need emotional intelligence? The Leadership Quarterly, 20(2), 247–261.
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