Festinger fijó el marco de esto en 1954 y la observación central ha aguantado: la gente tiene un impulso de evaluar sus propias capacidades y opiniones, y a falta de un patrón objetivo usa a otras personas. No es un fallo de diseño: es el diseño funcionando. No hay termómetro para si tu carrera va bien, si eres buena madre o si lo que haces vale algo, así que se mira de lado.
Lo que significa que el objetivo no puede ser dejar de hacerlo. Nadie deja. Lo que sí puede cambiar es el conjunto con el que te comparas, la dirección y qué estás comparando —— y ahí está todo el daño.
Hay además una pieza del castellano que encarece la salida. Envidia es una palabra moralmente pesada, bastante más que su equivalente inglés, y la prueba es que ha tenido que inventarse una versión aceptable: envidia sana. Cuando decir la cosa en voz alta es casi confesar una falta de carácter, no se dice, y lo que no se dice no se puede convertir en una pregunta útil. Casi todo lo que sirve en esta página empieza por poder nombrarlo sin juicio.
Qué suele estar pasando
No hay patrón absoluto para nada de lo que te importa. El sueldo, la forma física y el número de seguidores son las excepciones, y son justo en las que se obsesiona la gente, precisamente porque se pueden contar. Las cosas que importan más no tienen unidad, así que se miden contra la persona más cercana disponible, y la persona más cercana disponible tampoco es una unidad.
Solo miras hacia arriba. La evaluación no es una encuesta: es una búsqueda, y termina en quien va por delante. La comparación hacia abajo existe y sí mejora el ánimo, y a casi todo el mundo le parece de mal gusto hacerla a propósito, lo que deja un proceso asimétrico funcionando todo el día en la misma dirección. Esa asimetría, y no el comparar en sí, es lo que produce el sentimiento.
Comparas una de tus dimensiones contra la mejor de las suyas. La persona cuya carrera envidias puede tener una vida doméstica irreconocible; aquella cuya relación parece fácil puede estar yendo mal en el trabajo. La comparación opera dimensión por dimensión y va montando en silencio un rival compuesto con las mejores partes de treinta personas, que es una entidad que no ha existido nunca.
Estás viendo resultados y comparándolos con tu proceso. Este es el mecanismo que hace tan eficaz una aplicación en esto: tienes acceso al interior entero y poco lucido de tu propio intento y al exterior editado del de todos los demás. No es que el contenido mienta. Es que la comparación es estructuralmente injusta en una sola dirección, todas las veces.
Bajo una creencia fija, el éxito ajeno es prueba sobre ti. Si la capacidad es una cantidad repartida, que otro sea bueno en lo tuyo implica algo sobre tu reparto, y su logro es una resta. Bajo la otra suposición el mismo hecho demuestra que la cosa es alcanzable y es una fuente de información sobre cómo. Mismo suceso, contenido emocional opuesto, y la diferencia es una creencia que se puede localizar.
Parte de esto es duelo con traje de competición. Ver a alguien tener lo que querías y no tuviste —— el hijo, la casa, la carrera que se torció —— no es realmente comparación. Es pérdida, y responde a que se la nombre como pérdida y no a ninguna cantidad de trabajo sobre la autoestima.
Y la que no favorece: algunas comparaciones son exactas. A veces la otra persona sí es mejor en eso, y el sentimiento no es una distorsión sino una lectura honesta. Esa no necesita reencuadre. Necesita o práctica o la decisión de dejar de competir en esa prueba concreta, y disfrazarla de problema de autoestima es una manera de evitar las dos.
Qué hacer
- Ponle nombre a la persona y a la dimensión. Compararse con todo el mundo es infalsable y por tanto permanente. Voy por detrás de Marta en sueldo es una afirmación concreta que se puede examinar, atender o declarar poco importante —— y más o menos la mitad de las veces, escrita así de plana, resulta ser algo que en realidad no quieres.
- Compárate con tu propio año pasado. Es la única comparación con una muestra emparejada, y es la que se salta la gente porque las ganancias no son vistosas. Guarda algo fechado para que la comparación sea contra un registro y no contra la memoria, que favorece al pasado o al presente según el humor.
- Convierte la envidia en una pregunta. Si alguien va por delante, tiene información. ¿Cómo lo hizo? convierte un estado de ánimo en investigación y es el único uso del sentimiento que produce algo.
- Corta la entrada donde la entrada lo esté haciendo. Si la comparación ocurre casi entera en una aplicación, un cambio en la cantidad de esa aplicación moverá el sentimiento más que cualquier lucidez sobre por qué te comparas.
- Comprueba si es duelo antes de tratarlo como competición. Si lo que lo dispara es la cosa concreta de una persona concreta, y ningún razonamiento ayuda, estás ante una pérdida y quiere reconocimiento y no reencuadre.
De qué depende
La misma clasificación produce motivación en una persona y temor en otra, y la diferencia no es cuán ambiciosas son. Es qué creen que mide el ranking. Si se lee como un veredicto fijo sobre tu reparto, la única respuesta tolerable es dejar de presentarse; si se lee como una posición que se mueve con el trabajo, quien va delante es sencillamente una fuente de método. Esa postura varía por ámbito dentro de la misma persona, que es por lo que puedes estar tranquilísima con que te ganen en una cosa e incapaz de oír hablar de otra.
Veinticuatro preguntas la localizan en cuatro facetas y nombran la situación que te cambia de modo, que es más útil que la puntuación global. La versión honesta de una comparación, por cierto, es una distribución y no una anécdota: qué significa un percentil merece leerse, porque percentil noventa en responsabilidad es información acotada y real, mientras que peor que la gente de mi pantalla es una comparación contra una muestra seleccionada por ir por delante. Y si la misma maquinaria aparece como que un comentario malo sobrevive a nueve buenos, esa es la versión que mira hacia dentro.